{"id":1402,"date":"2013-04-20T22:30:12","date_gmt":"2013-04-20T22:30:12","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=1402"},"modified":"2013-04-20T22:32:16","modified_gmt":"2013-04-20T22:32:16","slug":"acostumbraba-marcela","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=1402","title":{"rendered":"Acostumbraba Marcela\u2026"},"content":{"rendered":"<p><b><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/santiago.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"size-full wp-image-1403 alignleft\" alt=\"santiago\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/santiago.jpg\" width=\"204\" height=\"150\" \/><\/a>Acostumbraba Marcela\u2026<\/b><\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/www.catedramdelibes.com\/autores.php?id=53\" target=\"_blank\"><em>Elena Santiago<\/em><\/a><\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p>Acostumbraba Marcela a temer. Aquella ma\u00f1ana, arisca para m\u00e1s se\u00f1as, lleg\u00f3 a decir palabras que acercaban \u00a0un desastre. No era presentimiento sino noticias de la vida cabeza abajo, sin voz ni mirada, pero imagen\u00a0 escondida en la oscuridad torpe de cualquier rinc\u00f3n de la casa. Hab\u00eda llegado \u00a0un ocho de diciembre, en 1958, entre nieve intensa y un hielo en punta haciendo del paisaje, apoyado en la monta\u00f1a,\u00a0 una catedral entre ramas de brezo.<\/p>\n<p>Los desastres eran da\u00f1os que viv\u00edan a la sombra. Y ella vigilaba sus sombras sabiendo que en alg\u00fan momento podr\u00edan salir impulsadas, imponentes con el ce\u00f1o fruncido y un gesto de desgracia, abriendo horas desahuciadas.<\/p>\n<p>Vulnerable y hambrienta de un destino que no era el que respiraba, ocupaba sus horas en hablar, m\u00e1s bien desear, acompa\u00f1ar a un hombre llamado Abelardo, Abel en su sentimiento, velando aquella urgencia de su compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>Tem\u00eda abrir una puerta y que surgiera, igualmente imponente, la sombra total. Aqu\u00e9lla del cuarto oscuro, sin ventanas y una bombilla desvanecida. \u00a0Y con todo esto no sab\u00eda muy bien qu\u00e9 quer\u00eda decir, pero sent\u00eda que era exacto.<\/p>\n<p>Exacto era el miedo. El agujero por donde le ca\u00edan los pensamientos inquietos. Desde el \u00a0suceso med\u00eda por la casa sus pasos mirando si a su espalda levitaba alguien cubierto de nieve. \u00a0Invariablemente sent\u00eda que pasaba sobre su blancura crujiente. Podr\u00eda caerse y resbalar, arrastr\u00e1ndola la fuerza del abismo hacia el vac\u00edo, entre Las Hoces desdentadas, cerca del pozo del Infierno.<\/p>\n<p>Aquel atardecer, un momento extravagante y terrible se hab\u00eda llevado a Abel. Lo encontraron tan abajo, que ya era otro mundo.<\/p>\n<p>Ten\u00eda entonces veinticuatro a\u00f1os y ni la menor sospecha de que iba hacia la tragedia que romper\u00eda su cuerpo y vencer\u00eda su alma. Marcela Borja estaba justamente mir\u00e1ndolo a escasos metros. Entregada a una mirada amorosa, aunque \u00e9l no la viera.<\/p>\n<p>No pudo moverse. No conseguir\u00eda m\u00e1s tarde reunir de forma coherente las horas o \u00a0minutos rodando una agon\u00eda. Contra\u00edda y atrapada por la \u00faltima imagen que devor\u00f3 al muchacho que intent\u00f3 aferrarse a algo y s\u00f3lo encontr\u00f3 un aire quieto y callado. Llen\u00f3 con un grito la adversidad; y desapareci\u00f3. El horror dej\u00f3 a Marcela caer sentada en un suelo afilado de fr\u00edo. Abel hab\u00eda resbalando besando la loma aterida, la muerte abierta, \u00a0intentando sujetarse con las u\u00f1as.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 Marcela que bajaba la noche y volv\u00eda la nieve intensa a cerrar caminos y huellas en lo arriscado y en aquel hombre que ella amaba aun teniendo s\u00f3lo catorce a\u00f1os; perdido hacia lo inalcanzable.<\/p>\n<p>Arrecida e incapacitada para erigir un pensamiento de amor o supervivencia; uno que contuviese la ca\u00edda y en ella, su muerte de desolaci\u00f3n. Pero ya no quedaba mundo en el que continuar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Linternas y antorchas, o estrellas desahuciadas, llegaban restallando sobre la nieve con ruido de botas que ensuciaban el silencio. Unos brazos recios la tomaron elev\u00e1ndola a la piedad del abrazo. Llev\u00e1ndosela bajo un foco de luz chillona que giraba en el aire y en la nieve. Llegaban a rescatarlos. Eran emborronados rostros y emborronado su nombre en la noche tan quieta,\u00a0 mitigada por una inocencia que conservaba toda su belleza.<\/p>\n<p>Era extra\u00f1o, crey\u00f3 que llegaba una m\u00fasica de escalofr\u00edos y que alguien la lloraba. La trasladaban en brazos, ciega de copos, ciega de un temblor como enredo de ramas enmara\u00f1adas, de noche, sangre, trozos de sue\u00f1os rotos.<\/p>\n<p>La vida, ahora, iba a estar hecha de mentiras y barbullas imaginadas. Abel se hab\u00eda llevado todos los besos y las caricias. Abajo segu\u00eda, entre el fr\u00edo y la muerte. Quiz\u00e1 paralizado en lo fren\u00e9tico sin posibilidad de decirse \u201cVoy a ponerme en pie y sigo\u201d. \u00bfA\u00fan podr\u00eda pensar? \u00bfSufrir\u00eda lo que ya no pod\u00eda rehuir? \u00bfEncontrar\u00eda un \u00faltimo pensamiento para poder preguntarse si volver\u00eda al mundo de cada d\u00eda? \u00bfAbrir\u00eda los ojos o los cerrar\u00eda para no ver tanta soledad y soportar lo que ya no sent\u00eda? Ah\u00edto, perseverando. Subiendo a la cumbre en un vuelo. Finalmente bajar\u00edan los quejidos. Comentarios irreconocibles, una angustia sin \u00e1ngeles, una disposici\u00f3n para ir hacia las luces del hospital.<\/p>\n<p>Alguien musit\u00f3 la palabra m\u00e1s desesperanzada. En camilla se lo llevaron. Tambi\u00e9n desaparecer\u00eda Marcela. Una mano la dirig\u00eda, una voz afectuosa y un consuelo casi desapercibido.<\/p>\n<p>La nieve comenzaba a caer nuevamente, cegaba tan apresurada. Marcela tambi\u00e9n era blanca y tan helada hasta ser estatua de coraz\u00f3n dormido. Tal vez la vida buena har\u00eda regresar a Abel a amarla. A enjugar su llanto y borrar aquellas horas l\u00fagubres.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Acostumbraba Marcela\u2026 Elena Santiago \u00a0 Acostumbraba Marcela a temer. Aquella ma\u00f1ana, arisca para m\u00e1s se\u00f1as, lleg\u00f3 a decir palabras que acercaban \u00a0un desastre. No era presentimiento sino noticias de la vida cabeza abajo, sin voz ni mirada, pero imagen\u00a0 escondida en la oscuridad torpe de cualquier rinc\u00f3n de la casa. Hab\u00eda llegado \u00a0un ocho de diciembre, en 1958, entre nieve intensa y un hielo en punta haciendo del paisaje, apoyado en la monta\u00f1a,\u00a0 una catedral entre ramas de brezo. Los desastres eran da\u00f1os que viv\u00edan a la sombra. Y ella vigilaba sus sombras sabiendo que en alg\u00fan momento podr\u00edan salir impulsadas, imponentes con el ce\u00f1o fruncido y un gesto de desgracia, abriendo horas desahuciadas. Vulnerable y hambrienta de un destino que no era el que respiraba, ocupaba sus horas en hablar, m\u00e1s bien desear, acompa\u00f1ar a un hombre llamado Abelardo, Abel en su sentimiento, velando aquella urgencia de su compa\u00f1\u00eda. Tem\u00eda abrir una puerta y que surgiera, igualmente imponente, la sombra total. Aqu\u00e9lla del cuarto oscuro, sin ventanas y una bombilla desvanecida. \u00a0Y con todo esto no sab\u00eda muy bien qu\u00e9 quer\u00eda decir, pero sent\u00eda que era exacto. Exacto era el miedo. 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