{"id":2911,"date":"2014-05-10T19:45:20","date_gmt":"2014-05-10T19:45:20","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=2911"},"modified":"2014-11-29T23:54:48","modified_gmt":"2014-11-29T23:54:48","slug":"escribir-en-blanco-por-adalber-salas-hernandez","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=2911","title":{"rendered":"Escribir en blanco, por Adalber Salas Hern\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"<p><b><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Adalber-Salas-MANUEL-SARDA_NACIMA20130523_0161_6.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-2912\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Adalber-Salas-MANUEL-SARDA_NACIMA20130523_0161_6.jpg\" alt=\"Adalber-Salas-MANUEL-SARDA_NACIMA20130523_0161_6\" width=\"460\" height=\"257\" srcset=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Adalber-Salas-MANUEL-SARDA_NACIMA20130523_0161_6.jpg 460w, http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Adalber-Salas-MANUEL-SARDA_NACIMA20130523_0161_6-330x184.jpg 330w\" sizes=\"(max-width: 460px) 100vw, 460px\" \/><\/a>Escribir en blanco<\/b><\/p>\n<p align=\"right\"><b>\u00a0<i>Por Adalber Salas Hern\u00e1ndez<\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"right\"><b>\u00a0<\/b><i>A Enza Garc\u00eda Arreaza<\/i><\/p>\n<p align=\"right\"><i>\u00a0A la memoria de Wilson Bentley<\/i><\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p><b>\u00a0<\/b><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>Tu pregunta \u2013 tu respuesta.<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>Tu canto, \u00bfqu\u00e9 sabe \u00e9l?<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>Inmerso en nieve,<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i> imerniee,<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i> i-i-e.<\/i><\/p>\n<p align=\"right\">Paul Celan<\/p>\n<p>Cuando uno descubre la nieve, ya es demasiado tarde. Ya ella est\u00e1 frente a nosotros, ineludible, irrefutable. Nos levantamos de la cama y nos entregamos al aire fr\u00edo de la habitaci\u00f3n, esa pregunta inc\u00f3moda que el nuevo d\u00eda le impone a nuestra piel. Abrimos la ventana de la habitaci\u00f3n y nos encontramos ante esa blancura, como quien atiende al m\u00ednimo estruendo de un milagro.<\/p>\n<p>En cierto sentido, la nieve siempre es un asombro. Incluso cuando hay que tomar una pala y quitarla de la puerta de nuestra casa para poder salir. Incluso, s\u00ed, cuando cae tanta, que no sabemos qu\u00e9 hay unos pocos metros m\u00e1s all\u00e1 de nosotros. Es lo blanco, insistente y afilado; lo blanco que nos habla, no de la transparencia, sino del encandilamiento. De c\u00f3mo las cosas dejan de ser ellas mismas una vez que las cubre su capa inquietante.<\/p>\n<p>Es el asombro de abrir los ojos en un mundo distinto al que conoc\u00edamos. Similar, sin duda, pero a la vez vagamente irreconocible. Como si la realidad se hubiera desdoblado s\u00fabitamente, como si consintiera en mostrarnos su negativo.<\/p>\n<p>Algo de esta sorpresa est\u00e1 contenida en el relato <i>Heard in the Dark 1<\/i>, de Beckett, en cuya primera p\u00e1gina se lee: \u201cBy the time you open your eyes your feet have disappeared and the skirts of your greatcoat come to rest on the surface of the snow. The dark scene seems lit from below. You see yourself at that last outset leaning against the door with closed eyes waiting for the word from you to go. You? To be gone. Then the snowlit scene.\u201d<a title=\"\" href=\"#_ftn1\">[1]<\/a> Para el momento en que lanzamos nuestra mirada sobre el mundo, la nieve ya est\u00e1 all\u00ed. Ya cubre parte de nosotros. En esta suerte de retrato hay m\u00e1s que un difuso <i>t\u00fa<\/i> detenido, hel\u00e1ndose: hay, sobre todo, un escritor a la espera de una palabra, de una se\u00f1al para partir. Alguien que escucha los minutos caer como s\u00edlabas p\u00e1lidas, llen\u00e1ndolo todo.<\/p>\n<p>La <i>escena<\/i> \u2013como la llama Beckett\u2013 est\u00e1 iluminada desde abajo, <i>snowlit<\/i>, encendida de nieve. Esa luz se estira y se diluye, poco a poco, hasta desaparecer. Es una luz que quiz\u00e1s se parezca a la espera de ese sujeto envuelto en su abrigo, quieto, apoyado contra una puerta cerrada, imaginando una palabra que no termina de llegar. Eso: la luz es una extensi\u00f3n del acto mismo de aguardar.<\/p>\n<p>Esa palabra siempre posible, infinitamente diferida, es la que quisi\u00e9ramos adivinar en lo blanco, en la hoja cuya superficie lisa nos fuerza a permanecer en un mismo lugar. Pero no sabemos si realmente est\u00e1 all\u00ed, o es s\u00f3lo una sospecha. Apenas podemos ver la puerta, rectangular, tocarla con precauci\u00f3n, palpar sus grietas, sus l\u00edneas desordenadas, que no llevan a ning\u00fan lugar. Como ese que habla en <i>\u201cCon la ignorancia de la nieve\u201d<\/i>, de Jos\u00e9 Emilio Pacheco, poema perteneciente a <i>Islas a la deriva<\/i>:<\/p>\n<p><i>Miro caer la nieve. Estoy en medio<\/i><\/p>\n<p><i>de la nieve que cae iluminada<\/i><\/p>\n<p><i>por una luz del otro mundo.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>La nieve existe porque su descenso<\/i><\/p>\n<p><i>deja su huella en mi, lo cubre todo<\/i><\/p>\n<p><i>con su seda apagada.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Entre el aire de nieve me encamino<\/i><\/p>\n<p><i>hacia la noche de Toronto, inmensa<\/i><\/p>\n<p><i>llanura, lividez desamparada.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Abro otra puerta. No hay misterio: entiendo<\/i><\/p>\n<p><i>que el mundo comenz\u00f3 por ser de nieve.<\/i><\/p>\n<p><i>En lo hondo de la nieve las estrellas<\/i><\/p>\n<p><i>se dir\u00edan de nieve iluminada<\/i><\/p>\n<p><i>y pr\u00f3xima a caer: apocalipsis<\/i><\/p>\n<p><i>silencioso y voraz como la nieve.<a title=\"\" href=\"#_ftn2\">[2]<\/a><\/i><\/p>\n<p><i>No hay misterio<\/i>: esta afirmaci\u00f3n radical condensa todo lo desconcertante que hay en la nieve. No es un enigma, no oculta nada, simplemente <i>es<\/i>. He all\u00ed el esc\u00e1ndalo de su existencia. Ni siquiera hay un secreto en el fulgor distra\u00eddo que la acompa\u00f1a: va con ella porque es su habla, lo que tiene que decirnos, el mensaje vac\u00edo que nos entrega: no hay un m\u00e1s all\u00e1, el otro mundo es esta luz modesta que s\u00f3lo existe para nuestra espera \u2013una espera que no requiere nada de nosotros.<\/p>\n<p>S\u00ed, el mundo comenz\u00f3 por ser de nieve. Y cada vez que \u00e9sta cae, llenando las aceras, colgando de los \u00e1rboles, cubriendo los edificios, ese mismo mundo es precipitado hacia su final. En este apocalipsis no hay juicios ni condenas, no hay trascendencia alguna. Es un fin donde todo recupera el sopor que hab\u00eda perdido, la capacidad de so\u00f1ar con nada. Un fin donde todo recomienza, blanco sobre blanco, p\u00e1gina sin esperanzas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nac\u00ed en el tr\u00f3pico. Esto es una suerte por muchas razones, pero la principal es el sol, ese sol omn\u00edmodo y omn\u00edvoro, irregular y soberano, extra\u00f1o a los relojes y las median\u00edas. Un sol que s\u00f3lo sabe de s\u00ed y de su tr\u00e1nsito por el cielo. Ese resplandor y ese calor, tan ajenos a cualquier verano, est\u00e1n impresos en cada memoria, en cada voz, en los movimientos que me quedan en el cuerpo. Luz que hace palpable la existencia, que la valida, que celebra su terquedad y su estar all\u00ed, sin excusas.<\/p>\n<p>Aunque la Cordillera de los Andes penetra en Venezuela como una vena blanca y extraviada, nunca he alcanzado a visitar sus cumbres. Por ello, la nieve siempre tuvo para m\u00ed un car\u00e1cter ficcional \u2013tan irrevocable que, incluso viviendo en pa\u00edses donde esa blancura es un hecho habitual, como Canad\u00e1 o Estados Unidos, no por ello dej\u00f3 de resultarme un hecho del todo inexplicable, un suceso que era pura perplejidad. Es una cosa que simplemente no existe. Aun cuando la tengo entre las manos, algo en m\u00ed se rebela contra ese tacto. Algo en m\u00ed tiene la certeza de estar tocando y viendo una imposibilidad.<\/p>\n<p>La nieve, para una mano madurada en el tr\u00f3pico, es la suma de lo inasible. No puede ser practicada, es una entidad sin propiedades reales, dependiente de los libros, el cine, los atlas, la historia de pa\u00edses que tal vez nunca existieron. Este encuentro con lo incierto es lo que vertebra un curioso poema que Eugenio Montejo titul\u00f3 <i>Islandia<\/i>, incluido en el volumen <i>Algunas palabras<\/i>:<\/p>\n<p><i>Islandia y lo lejos que nos queda,<\/i><\/p>\n<p><i>con sus brumas heladas y sus fiordos<\/i><\/p>\n<p><i>donde se hablan dialectos de hielo.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Islandia tan pr\u00f3xima del polo,<\/i><\/p>\n<p><i>purificada por las noches<\/i><\/p>\n<p><i>en que amamantan las ballenas.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Islandia dibujada en mi cuaderno,<\/i><\/p>\n<p><i>la ilusi\u00f3n y la pena (o viceversa).<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>\u00bfHabr\u00e1 algo m\u00e1s fatal que este deseo<\/i><\/p>\n<p><i>de irme a Islandia y recitar sus sagas,<\/i><\/p>\n<p><i>de recorrer sus nieblas?<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Es este sol de mi pa\u00eds<\/i><\/p>\n<p><i>que tanto quema<\/i><\/p>\n<p><i>el que me hace so\u00f1ar con sus inviernos.<\/i><\/p>\n<p><i>Esta contradicci\u00f3n ecuatorial<\/i><\/p>\n<p><i>de buscar una nieve<\/i><\/p>\n<p><i>que preserve en el fondo su calor,<\/i><\/p>\n<p><i>que no borre las hojas de los cedros.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>Nunca ir\u00e9 a Islandia. Est\u00e1 muy lejos.<\/i><\/p>\n<p><i>A muchos grados bajo cero.<\/i><\/p>\n<p><i>Voy a plegar el mapa para acercarla.<\/i><\/p>\n<p><i>Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras.<a title=\"\" href=\"#_ftn3\">[3]<\/a><\/i><\/p>\n<p>Islandia remota, bautizada por la distancia que nos separa de ella. Islandia imposible, fant\u00e1stica, instalada en medio de las aguas heladas de un mapa. Podemos pasar los dedos por esa superficie lisa e imaginarla fr\u00eda, o trazar el recorrido que llevar\u00eda hasta all\u00e1, las revelaciones congeladas que aguardan un toque como nuestro para despertar. Qu\u00e9 arduo ser\u00eda aprender esos <i>dialectos de hielo<\/i>, pero qu\u00e9 necesario: si uno no puede hablar el mismo lenguaje de los vientos y los fiordos, nunca podr\u00e1 comprender esa nieve.<\/p>\n<p>El poema de Montejo est\u00e1 fascinado por su propio, <i>fatal<\/i> deseo en suspenso \u2013como yo, cada vez que pienso en la nieve o la encuentro en la calle. Lo que llama <i>contradicci\u00f3n ecuatorial<\/i> me condiciona en sentidos que apenas he descubierto hace poco. Ese sol, bajo el cual crec\u00ed, es lo que me ha hecho pensar en esas blancuras como algo distante. No importa cu\u00e1nto pliegue el mapa, cu\u00e1ntas palmeras siembre sobre los hielos, la nieve que est\u00e1 ante m\u00ed pertenecer\u00e1 siempre a un pa\u00eds lejano, que piso sin pisar, que miro sin ver, que quiz\u00e1s nunca ha existido.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Schnee<\/i>, <i>niege<\/i>, <i>snow<\/i>, <i>neve<\/i>: cualquier forma de llamar a la nieve que yo sea capaz de leer me resulta ininteligible, en el fondo. Y en mi lengua materna, <i>nieve<\/i> es la \u00fanica palabra que me resulta completamente extranjera.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Observar c\u00f3mo cae la nieve es un oficio inquietante. Obliga a una introspecci\u00f3n que no nos devuelve a nosotros mismos, que no nos cohesiona, sino que nos disuelve. Como si fu\u00e9ramos v\u00edctimas de un impulso, un deseo inexplicable de disgregarnos como los copos que le siguen el juego a los caprichos de la gravedad. Pensamos, sin duda, pero cada pensamiento se disgrega, se disipa, se pone a bailar con esa m\u00fasica queda que orquesta la blancura.<\/p>\n<p>Hay un poema de Eduardo Chirinos llamado <i>Trece inviernos con nieve<\/i>, perteneciente al poemario <i>Humo de incendios lejanos<\/i>, donde el acto de ver la nieve produce una suerte de desdoblamiento. El texto escenifica el encuentro entre el sujeto hablante y un otro, un hombre ajeno que lo visita, que tiene <i>mano de nieve<\/i> \u2013como dice el apartado <i>[1]<\/i>\u2013 y que lo confronta consigo mismo, con su propia escritura. Como si todos esos copos y esa mir\u00edada de pensamientos sueltos se hubieran condensado en un mismo cuerpo dotado de voz. Este visitante invernal es el doble del autor mismo \u2013de ah\u00ed que en cada fragmento sus voces se confundan.<\/p>\n<p>Todo el di\u00e1logo gira en torno a la obra de Chirinos. Ejecuta el examen anat\u00f3mico de su po\u00e9tica. Y luego de desnudarla, de recorrer su adentro, la juzga. El visitante es un heraldo no s\u00f3lo de la nieve, sino de la p\u00e1gina vac\u00eda, y en nombre de ambas cuestiona lo que Chirinos ha escrito, lo eval\u00faa, y dicta sentencia. As\u00ed, en el apartado <i>[3]<\/i>:<\/p>\n<p><i>te cuesta trabajo no ser sentimental cedes f\u00e1cilmente a<\/i><\/p>\n<p><i>los recuerdos pero \u00e9sa no es la m\u00fasica debes concentrarte<\/i><\/p>\n<p><i>un poco m\u00e1s mira el vac\u00edo de la p\u00e1gina su densa y luminosa<\/i><\/p>\n<p><i>blancura devorando sombras as\u00ed cantaba mi abuela en su<\/i><\/p>\n<p><i>patio ca\u00eda la nieve blanco sobre blanco como un paisaje<\/i><\/p>\n<p><i>de john cage como la sucia ventana de malevich escucha<\/i><\/p>\n<p><i>su canci\u00f3n su insoportable silencio de cristales rotos<a title=\"\" href=\"#_ftn4\">[4]<\/a><\/i><\/p>\n<p>Implacable, el visitante nevado habla por el silencio que soporta cada palabra que escribimos. Palabras que no tienen sombra porque la claridad de la p\u00e1gina se las ha comido. Poner el o\u00eddo all\u00ed, en esa nada <i>densa y luminosa<\/i>, es aprender a escuchar lo que no habla, lo que de hecho desarticula toda voz. Es buscar el grado cero del poema, la mudez que nada denota, que nada anuncia. Esa canci\u00f3n que se ha quedado en la trastienda de la memoria, palideciendo, y que parad\u00f3jicamente significa la total ausencia de sonidos.<\/p>\n<p>Vemos caer la nieve afuera como si se tratara de un hecho que sucede en nuestro interior. Como si esa ca\u00edda pudiese abolir, con toda su m\u00fasica indistinguible, la barrera entre intimidad y exterioridad que tanto nos esforzamos por mantener. Vemos las vueltas de los copos en el aire como el recuerdo palpable de algo m\u00e1s, algo que nos pertenece o nos ha pertenecido alguna vez.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los copos cayendo, de pronto suspendidos en el aire, como si hubieran olvidado qu\u00e9 estaban haciendo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El fulgor de la nieve nunca deja de persistir: esta all\u00ed cuando \u00e9sta se ha ensuciado, cuando las pisadas, las colillas de cigarrillo, la basura y el orine de los perros la han ennegrecido. Incluso cuando empieza a derretirse, cuando apenas est\u00e1 en las calles, aun entonces queda algo de esa luminiscencia, su misterio dom\u00e9stico sigue all\u00ed, obstinado en permanecer. Luz que no deja de declarar: aqu\u00ed hay un poco de lo que hab\u00eda al principio del mundo \u2013y un atisbo de su \u00faltima boca cerrada.<\/p>\n<p>En <i>On Poetry<\/i>, Glyn Maxwell dice, refiri\u00e9ndose a la hoja en blanco: \u201cRegard the space, that ice plain, that dizzying light. That past, that future. Already it isn\u2019t nothing. At the very least, it\u2019s your enemy, and that\u2019s an awful lot. Poets work with two materials, one\u2019s black and one\u2019s white.\u201d<a title=\"\" href=\"#_ftn5\">[5]<\/a> La planicie yerma de la p\u00e1gina, la estepa luminosa y hostil sobre la que escribimos, est\u00e1 a medio camino entre el futuro y el pasado. Es una especie de <i>nunc stans<\/i>, un ahora detenido, a medio camino hacia ninguna parte. Como dice Maxwell, hay que observarla: all\u00ed est\u00e1n los tiempos idos y por venir \u2013pero confundidos, habr\u00eda que agregar, o mejor: anulados. Lo que escribamos entonces no pertenecer\u00e1, en ese primer instante, a ninguna historia.<\/p>\n<p>Ahora bien, es intrigante que Maxwell llame a la blancura <i>enemiga<\/i> de quien escribe. Sin embargo, si nos detenemos a pensarlo es bastante certera su afirmaci\u00f3n. \u00bfO acaso podemos asegurar que el <i>insoportable silencio de cristales rotos<\/i> que nombra Chirinos es inocuo, o que aquel <i>apocalipsis silencioso y voraz<\/i> de Pacheco no nos hace sentir amenazados? Somos seres del habla: en ella somos gestados, en ella nacemos, por ella morimos. No sabemos bien qu\u00e9 es el silencio. Por eso lo blanco de la p\u00e1gina nos amenaza, por eso ver la nieve nos inquieta: en ellos adivinamos nuestro reverso.<\/p>\n<p>La escritura po\u00e9tica tiene que abrirse paso en esa masa blanca, dejando su rastro, su colecci\u00f3n de huellas insomnes. Tiene que luchar contra ella cuerpo a cuerpo. Y a la postre, asimilarla, aprovecharla. Los poetas trabajan la blancura deline\u00e1ndola a golpes de s\u00edlabas. Es la enemiga del poeta, pero tambi\u00e9n es la condici\u00f3n misma de su existencia. Le ense\u00f1a que nada de lo que pueda hacer alcanzar\u00e1 la perfecci\u00f3n, porque cada palabra pertenecer\u00e1 a la mudez de la que habr\u00e1 salido. Y es que, en el fondo, todas las palabras escritas nombran la blancura que duerme bajo ellas. Todas las palabras dicen nieve.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En el apartado <i>[6]<\/i> de su poema, Chirinos escribe:<\/p>\n<p><i>el tiempo se ha detenido no hay relojes no hay tampoco<\/i><\/p>\n<p><i>calendarios qu\u00e9 m\u00e1s puedo decir no te preocupes soy yo<\/i><\/p>\n<p><i>quien se traga los silencios quien hace las preguntas hace<\/i><\/p>\n<p><i>a\u00f1os empezaste un poema no pudiste pasar del primer <\/i><\/p>\n<p><i>verso en lima la niebla hace lo suyo destroza cualquier<\/i><\/p>\n<p><i>p\u00e1gina borra implacable las cenizas su blancura es ilusoria<\/i><\/p>\n<p><i>la promesa del poema acabado la miseria del poema perfecto<\/i><\/p>\n<p>Tal vez un texto inconcluso sea tambi\u00e9n un texto salvado. Exento de poseer un sentido, del deber de significar. Un verso suspendido es un mundo en potencia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los objetos enterrados a medias por la nieve. Como esos poemas de vocablos escasos, que permiten sospechar tras ellos una historia universal de lo desconocido.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La nieve demanda una suerte de ascetismo. Durante buena parte del a\u00f1o, recoge en secreto el silencio del mundo. Lo escamotea, lo hurta, lo esconde bajo su lengua. Luego nos lo insin\u00faa, nos lo ofrece discretamente. Pero no podemos aceptar este don ligeramente: primero es necesario aprender a merecerlo, hacerse a la forma de esa mudez que, parad\u00f3jicamente, nos llama. Es imprescindible volverse anacoreta, aunque sea por un segundo, aunque uno est\u00e9 rodeado de gente. La nieve pareciera ser la forma palpable de aquella hesequ\u00eda que persegu\u00edan los monjes del oriente cristiano, esa condici\u00f3n de calma perfecta.<\/p>\n<p>No existe una teor\u00eda de la nieve. Tampoco cree en caminos \u2013es decir, no tiene m\u00e9todos. Cubre de quietud cada espacio en el que cae, lo uniforma, lo desplaza de s\u00ed, lo extra\u00f1a. Como en el jard\u00edn de <i>Noche y nieve<\/i>, poema de Jos\u00e9 Emilio Pacheco tambi\u00e9n incluido en <i>Islas a la deriva<\/i>:<\/p>\n<p><i>Me asom\u00e9 a la ventana y en lugar de jard\u00edn hall\u00e9 la noche\u2028enteramente constelada de nieve<\/i><\/p>\n<p><i>La nieve hace tangible el silencio y es el desplome de la\u2028luz y se apaga<\/i><\/p>\n<p><i>La nieve no quiere decir nada: Es s\u00f3lo una pregunta que\u2028deja caer millones de signos de interrogaci\u00f3n sobre el\u2028mundo.<\/i><\/p>\n<p>No solamente <i>hace tangible el silencio<\/i>: la nevada tambi\u00e9n hace palpable la incertidumbre misma de estar vivos. Ver s\u00fabitamente borrado, o casi, el entorno que usualmente nos resulta tan familiar, es como hojear las p\u00e1ginas de la propia biograf\u00eda para descubrir que polillas somnolientas la han estado devorando. Podemos ver c\u00f3mo caen <i>millones de signos de interrogaci\u00f3n<\/i>: algo en nosotros se eclipsa. Accedemos a un no saber que aquieta las certezas que nos conforman \u2013y las disipa, breves geometr\u00edas blancas, en el viento.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La nieve es iconoclasta.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En el invierno de la p\u00e1gina, las frases corren el riesgo de morir de hipotermia. Quedar inmovilizadas por esa materia blanca, imprecisa, irrespirable que las rodea. Y entonces agonizar, aplastadas por las baj\u00edsimas temperaturas: dejar de significar m\u00e1s de una cosa, replegar sus muchos sentidos hasta volverse unidades sencillas, un\u00edvocas, pobres. La lengua pierde vida en la medida en que pierde su ductilidad sem\u00e1ntica. Por ello los vocablos del poema deben moverse, nunca parar, de modo que puedan mantener el calor en sus miembros \u2013y el flujo sem\u00e1ntico discurriendo, multiplic\u00e1ndose. De lo contrario, les sucede lo que a esas criaturas descritas por Thoreau en <i>A Winter Walk<\/i>, atrapadas por una nevada reci\u00e9n sucedida: \u201cIn winter, nature is a cabinet of curiosities, full of dried specimens, in their natural order and position.\u201d<a title=\"\" href=\"#_ftn6\">[6]<\/a><\/p>\n<p>El lenguaje del poema tiene el deber de desplazarse \u2013y de desplazarnos con \u00e9l, llevarnos de un lugar familiar a otro, desconocido. Ese gabinete de curiosidades, esa suerte de <i>wunderkrammer<\/i> que esboza Thoreau es exactamente lo opuesto a la errancia significante que se impone y nos impone el poema. No puede permitirse ser naturaleza muerta, anquilosarse, osificarse. Debe combatir cualquier aproximaci\u00f3n taxid\u00e9rmica a la lengua. E incluso \u2013o mejor dicho: sobre todo\u2013 debe combatir contra s\u00ed mismo, contra la po\u00e9tica de la cual forma parte. Un texto no es s\u00f3lo la encarnaci\u00f3n de una determinada po\u00e9tica, sino un cuestionamiento lanzado sobre todos los poemas precedentes dentro de ese mismo conjunto. Esto es algo que entiende muy bien el personaje interlocutor del sujeto-escritor en <i>Trece inviernos con nieve<\/i>. En el apartado <i>[8]<\/i>, Chirinos elabora una suerte de inventario cr\u00edtico de su obra:<\/p>\n<p><i>es in\u00fatil le dije no entiendo por eso he venido a visitarte<\/i><\/p>\n<p><i>a decirte que nunca te llamar\u00e1s horacio que nunca fuiste<\/i><\/p>\n<p><i>herrero en la cubierta del arca nunca equilibrista en bayard <\/i><\/p>\n<p><i>street esta noche he venido a escuchar el alfabeto del agua<\/i><\/p>\n<p><i>su triste canci\u00f3n de ruise\u00f1ores est\u00e1s diciendo que soy<\/i><\/p>\n<p><i>un impostor no me dijo es in\u00fatil nunca entender\u00e1s nada<\/i><\/p>\n<p>Todas esas \u201cidentidades\u201d se refieren a t\u00edtulos de poemarios anteriores del autor: <i>Cuadernos de Horacio Morell<\/i>, <i>Canciones del herrero del arca<\/i>, <i>El Equilibrista de Bayard Street<\/i>, <i>Abecedario del agua<\/i> y <i>No tengo ruise\u00f1ores en el dedo<\/i>. El visitante obliga al sujeto hablante a confrontar su propia po\u00e9tica, suspendiendo por ese momento la validez que hayan podido tener sus palabras. Pero no para llamarlo impostor, como teme el personaje autor, sino para recalcar c\u00f3mo sus poemas nunca le pertenecieron, en primer lugar. Nunca fue id\u00e9ntico a su escritura, ni pod\u00eda serlo sin abolirla. El poeta, pareciera decir el visitante, tiene el deber de ser distinto de s\u00ed mismo cada vez que produce un nuevo texto, de modo que lo escrito pueda partir, vagar, pertenecer a muchos otros y a nadie.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La nieve no envuelve los sonidos: los asfixia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Algunos de quienes nacimos sin la nieve, sin su compa\u00f1\u00eda insistente y su extra\u00f1a vigilia, la hemos vuelto una instancia emocional. La nieve, entonces, <i>es<\/i> una pasi\u00f3n, no el objeto de una pasi\u00f3n. Algo sucede en nuestra vida canicular y de improviso se hace la nevada, no a nuestro alrededor, sino en nosotros: all\u00ed se acumula, se sedimenta. Como sucede en el poema de Montejo <i>Hombres sin nieve<\/i>, que podemos hallar en <i>Tr\u00f3pico absoluto<\/i>:<\/p>\n<p><i>Aqu\u00ed el invierno nace de heladas subjetivas<\/i><\/p>\n<p><i>lleno de r\u00e1fagas salvajes;<\/i><\/p>\n<p><i>depende de una mujer que amamos y se aleja,<\/i><\/p>\n<p><i>de sus cartas que no vendr\u00e1n pero se aguardan;<\/i><\/p>\n<p><i>nos azota de pronto en largas avenidas<\/i><\/p>\n<p><i>cuando nos queman sus hielos impalpables.<\/i><\/p>\n<p><i>Aqu\u00ed el invierno puede llegar a cualquier hora,<\/i><\/p>\n<p><i>no exige le\u00f1os, frazadas, abrigos,<\/i><\/p>\n<p><i>no despoja los \u00e1rboles,<\/i><\/p>\n<p><i>y sin embargo c\u00f3mo sabe caer bajo cero,<\/i><\/p>\n<p><i>c\u00f3mo nos hacen tiritar sus t\u00e9mpanos amargos.<a title=\"\" href=\"#_ftn7\">[7]<\/a><\/i><\/p>\n<p>Pocos objetos concretos alcanzan tal nivel de abstracci\u00f3n, son tan propensos a ser internalizados. La nieve, de hecho, lo impone. Llevamos el invierno como una regi\u00f3n m\u00e1s de nuestra subjetividad, dispuesta a aparecer seg\u00fan la situaci\u00f3n, no regida por las operaciones clim\u00e1ticas del mundo exterior. Nuestra cara interna es golpeada entonces por el viento helado, por el blanco cruel de la ausencia.<\/p>\n<p>Esta misma din\u00e1mica de lo intermitente rige, a su modo, la relaci\u00f3n de la escritura con la hoja vac\u00eda. En esa estepa impasible de improviso brota un r\u00edo, un caudal de tinta, un verbo que fluye \u00ad\u00ad\u2013pero que de inmediato se oculta de nuevo bajo la blancura, s\u00f3lo para surgir nuevamente un poco m\u00e1s all\u00e1, significando ya otra cosa. Como el agua que aparece sin avisar en <i>A Winter Walk<\/i> de Thoreau: \u201cOccasionally we wade through fields of snow, under whose depths the river is lost for many rods, to appear again to the right or left, where we least expected.\u201d Igualmente, los versos del poema \u2013incluso cuando est\u00e1 regido por la m\u00e9trica\u2013 se cortan y nos dejan a nuestra suerte en medio de la p\u00e1gina, mirando esa ausencia, imaginando las palabras que vendr\u00e1n. \u00c9stas vuelven a aparecer poco despu\u00e9s, pero en una regi\u00f3n distinta de esa planicie.<\/p>\n<p>El deber del lector es permanecer atento, espiando la pr\u00f3xima aparici\u00f3n de la corriente verbal. Pero no solamente \u00e9l: tambi\u00e9n el escritor, que en un primer momento no sabe, enfrentado a la blancura asm\u00e1tica de la hoja, d\u00f3nde ir\u00e1 cada palabra:<\/p>\n<p><i>no est\u00e1s atento debes concentrarte un poco m\u00e1s escucha<\/i><\/p>\n<p><i>la maleza despuntando en la nieve el temblor silencioso<\/i><\/p>\n<p><i>de las hojas la mancha que arruina el pentagrama vac\u00edo <\/i><\/p>\n<p><i>te regalo esa imagen la mancha que arruina el pentagrama<\/i><\/p>\n<p><i>vac\u00edo \u00bfquieres escuchar el poema que pediste?<\/i><\/p>\n<p><i>Trece inviernos con nieve<\/i> nos regala, a su modo, un viaje por los pasadizos y s\u00f3tanos de la po\u00e9tica de Chirinos. Al modo de un r\u00edo subterr\u00e1neo, recorre los textos que lo han precedido y expone qu\u00e9 ha significado escribirlos, as\u00ed como qu\u00e9 significa el acto mismo de escribir poes\u00eda. Este apartado, el <i>[9]<\/i>, nos obliga a abandonar nuestro lugar de lectores para situarnos en el puesto del poeta. Solamente as\u00ed podemos entender su labor, su escucha obstinada en medio de este desierto blanco, intentando descubrir d\u00f3nde brota el sonido, d\u00f3nde esta m\u00fasica quieta se vuelve movimiento.<\/p>\n<p>Al final, el texto es casi una injusticia, una mancha que quiebra la uniformidad de la nieve, la univocidad del silencio. El oficio del poeta, pues, consiste en esto: en manchar, en recorrer la nieve para dejar en ella su rastro olvidadizo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El ritual in\u00fatil e imprescindible de voltear a ver las pisadas que hemos dejado en la nieve. \u00bfQu\u00e9 escrutamos all\u00ed?<\/p>\n<p>Cada silencio es \u00fanico. No hay santo y se\u00f1a que nos permita pasar de uno a otro impunemente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La nieve es indetenible, imposible de persuadir. Siempre termina por borrar los signos dejados sobre ella, justo como la p\u00e1gina atenta contra la escritura impresa en ella, intentando devorarla. No en vano escriba Thoreau en su ya mencionado ensayo: \u201cThe snow levels all things, and infolds them deeper on the bosom of nature.\u201d Es necesario atenderlo: la nieve no hace desaparecer las cosas; antes bien, las fuerza a un repliegue que las hace distintas de s\u00ed mismas. En esas profundidades, en el seno de la naturaleza, las cosas aprenden a reconocer su reverso callado, aprenden a verse en aquello que las destruye.<\/p>\n<p>Este conocimiento es el que imparte el silencio de la nieve, que no se deja traducir por nadie. Es la consciencia \u00edntima de la propia desaparici\u00f3n, de c\u00f3mo uno se tornar\u00e1 borradura, diseminaci\u00f3n, mientras que la blancura volver\u00e1 sucesivamente, siempre id\u00e9ntica a s\u00ed misma. Como dice <i>Insistencia<\/i>, poema de Pacheco que tambi\u00e9n podemos encontrar en <i>Islas a la deriva<\/i>:<\/p>\n<p><i>Una vez m\u00e1s hablemos de la nieve. Digamos:<\/i><\/p>\n<p><i>su virtud cardinal es el silencio.<\/i><\/p>\n<p><i>Sabe nacer con impecable suavidad en la noche<\/i><\/p>\n<p><i>y al despertar la vemos adue\u00f1ada<\/i><\/p>\n<p><i>de la tierra y los \u00e1rboles.<\/i><\/p>\n<p><i>\u00a0<\/i><\/p>\n<p><i>\u00bfAd\u00f3nde ir\u00e1 la nieve que hoy te rodea?<\/i><\/p>\n<p><i>La nieve que interminablemente circunda<\/i><\/p>\n<p><i>la casa y la ciudad volver\u00e1 al aire,<\/i><\/p>\n<p><i>ser\u00e1 agua, nube y luego otra vez nieve.<\/i><\/p>\n<p><i>T\u00fa no tienes sus virtudes mutantes<\/i><\/p>\n<p><i>y te ir\u00e1s, morir\u00e1s, ser\u00e1s tierra.<\/i><\/p>\n<p><i>Ser\u00e1s polvo en que baje a apagarse la nieve.<\/i><\/p>\n<p>\u00bfA d\u00f3nde ir\u00e1 la nieve? \u00bfA qu\u00e9 lugar pertenece? \u00bfCu\u00e1l es su nacionalidad? No ir\u00e1 a ning\u00fan lugar: la nieve siempre est\u00e1 all\u00ed, persistiendo bajo otras formas, esperando para condensarse nuevamente en ese blanco cegador y ciego que nos obliga brutalmente a la introspecci\u00f3n. Practicando en todo momento esa virtud que la define, discreta como un monje. Una virtud que nos inculca sin que lo pidamos, sin que nos demos cuenta, pero que nos deja comprender un poco m\u00e1s de por qu\u00e9 escribimos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Escribir es caminar en blanco. Dejar marcas casi invisibles, perecederas, amenazadas por su entorno \u2013como nosotros. Escribir es hacerse bruscamente consciente de todo lo precario en nosotros, todo lo fr\u00e1gil y fugaz.<\/p>\n<p>Escribir, as\u00ed, para combatir la blancura, para entenderla, para hermanarnos con ella, que es nuestro negativo y nuestra desaparici\u00f3n. Todo ello a la vez. Escribir para entender el brillo violento de la p\u00e1gina \u2013y para atenuarlo, tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<div><\/div>\n<hr align=\"left\" size=\"1\" width=\"33%\" \/>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[1]<\/a> <i>Heard in the Dark 1<\/i>. Relato de Samuel Beckett. En <i>The Complete Short Prose, 1929-1989<\/i>. Nueva York, Grove Press, 1995.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[2]<\/a> Jos\u00e9 Emilio Pacheco. <i>Tarde o temprano (Poemas 1958-2009)<\/i>. M\u00e9xico, Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, 2005.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[3]<\/a> Eugenio Montejo. <i>Alfabeto del mundo<\/i>. M\u00e9xico, Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, 2005.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[4]<\/a> De Eduardo Chirinos. <i>Humo de incendios lejanos<\/i>. M\u00e9xico, Aldus, 2009.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[5]<\/a> Glyn Maxwell. <i>On Poetry.<\/i> Cambridge, Harvard University Press, 2013.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[6]<\/a> Henry David Thoreau. <i>Collected Essays and Poems<\/i>. Nueva York, The Library of America, 2001.<\/p>\n<\/div>\n<div>\n<p><a title=\"\" href=\"#_ftnref\">[7]<\/a> Tambi\u00e9n en Eugenio Montejo. <i>Alfabeto del mundo<\/i>. M\u00e9xico, Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, 2005.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Escribir en blanco \u00a0Por Adalber Salas Hern\u00e1ndez \u00a0A Enza Garc\u00eda Arreaza \u00a0A la memoria de Wilson Bentley \u00a0 \u00a0 \u00a0 Tu pregunta \u2013 tu respuesta. Tu canto, \u00bfqu\u00e9 sabe \u00e9l? \u00a0 Inmerso en nieve, imerniee, i-i-e. Paul Celan Cuando uno descubre la nieve, ya es demasiado tarde. Ya ella est\u00e1 frente a nosotros, ineludible, irrefutable. Nos levantamos de la cama y nos entregamos al aire fr\u00edo de la habitaci\u00f3n, esa pregunta inc\u00f3moda que el nuevo d\u00eda le impone a nuestra piel. Abrimos la ventana de la habitaci\u00f3n y nos encontramos ante esa blancura, como quien atiende al m\u00ednimo estruendo de un milagro. En cierto sentido, la nieve siempre es un asombro. Incluso cuando hay que tomar una pala y quitarla de la puerta de nuestra casa para poder salir. Incluso, s\u00ed, cuando cae tanta, que no sabemos qu\u00e9 hay unos pocos metros m\u00e1s all\u00e1 de nosotros. Es lo blanco, insistente y afilado; lo blanco que nos habla, no de la transparencia, sino del encandilamiento. De c\u00f3mo las cosas dejan de ser ellas mismas una vez que las cubre su capa inquietante. Es el asombro de abrir los ojos en un mundo distinto al que conoc\u00edamos. 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