{"id":2969,"date":"2014-05-20T12:44:58","date_gmt":"2014-05-20T12:44:58","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=2969"},"modified":"2014-05-20T12:46:19","modified_gmt":"2014-05-20T12:46:19","slug":"2969","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=2969","title":{"rendered":""},"content":{"rendered":"<p><i><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Carlos_de_la_Fe_2_thumb.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-2970\" alt=\"Carlos_de_la_Fe_2_thumb\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/Carlos_de_la_Fe_2_thumb.jpg\" width=\"133\" height=\"199\" \/><\/a><\/i><\/p>\n<style><!--\n\/* Font Definitions *\/\n@font-face\n\t{font-family:Arial;\n\tpanose-1:2 11 6 4 2 2 2 2 2 4;\n\tmso-font-charset:0;\n\tmso-generic-font-family:auto;\n\tmso-font-pitch:variable;\n\tmso-font-signature:3 0 0 0 1 0;}\n \/* Style Definitions *\/\np.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal\n\t{mso-style-parent:\"\";\n\tmargin:0cm;\n\tmargin-bottom:.0001pt;\n\tline-height:115%;\n\tmso-pagination:widow-orphan;\n\tfont-size:11.0pt;\n\tmso-bidi-font-size:10.0pt;\n\tfont-family:Arial;\n\tmso-fareast-font-family:Arial;\n\tmso-bidi-font-family:Arial;\n\tcolor:black;\n\tmso-ansi-language:ES;\n\tmso-fareast-language:ES;}\np.normal, li.normal, div.normal\n\t{mso-style-name:normal;\n\tmso-style-parent:\"\";\n\tmargin:0cm;\n\tmargin-bottom:.0001pt;\n\tline-height:115%;\n\tmso-pagination:widow-orphan;\n\tfont-size:11.0pt;\n\tmso-bidi-font-size:10.0pt;\n\tfont-family:Arial;\n\tmso-fareast-font-family:Arial;\n\tmso-bidi-font-family:Arial;\n\tcolor:black;\n\tmso-ansi-language:ES;\n\tmso-fareast-language:ES;}\n@page Section1\n\t{size:612.0pt 792.0pt;\n\tmargin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm;\n\tmso-header-margin:36.0pt;\n\tmso-footer-margin:36.0pt;\n\tmso-paper-source:0;}\ndiv.Section1\n\t{page:Section1;}\n--><\/style>\n<p>Por Raquel S\u00e1nchez Jim\u00e9nez<\/p>\n<p><i>Estoy intentando hablar de la realidad -no es m\u00e1s que otro pacto con lo absurdo, una ficci\u00f3n perpetrada con alevos\u00eda para no hacernos preguntas, ni las necesarias, ni las imprescindibles, ninguna <\/i>(p. 62). Carlos de la F\u00e9 es, sin duda, otra de esas personas que no pueden parar de hacer(se) preguntas, lo que probablemente haya tenido que ver con su entrega al <i>maldito vicio <\/i>que reza el t\u00edtulo de su \u00faltima obra. Tanto es as\u00ed que, de todos los vicios que pod\u00eda haber adoptado, se decant\u00f3 por el que m\u00e1s preguntas suscita a sus v\u00edctimas; aquel que, al designar las cosas, se convierte en <i>art\u00edfice<\/i> de las mismas y las reproduce con los mismos interrogantes que se encuentran en nuestra mente. En efecto, Carlos de la F\u00e9 es, como tant\u00edsimos otros autores y lectores, un adicto a las palabras. Escogi\u00f3 este vicio porque ciertamente no existe otra opci\u00f3n para estas personas, anhelantes de realidad, de t\u00e9rminos, de respuestas. Desde una perspectiva que entiende la realidad como parte de la ficci\u00f3n y viceversa, este autor se introduce en los recovecos de la creaci\u00f3n literaria mostr\u00e1ndonos hasta qu\u00e9 punto nuestra forma de comprender ambas -realidad y ficci\u00f3n- no responde sino a los mismos esquemas arbitrarios. Constituye este un ambicioso objetivo para el que son necesarias unas dotes t\u00e9cnicas que no le faltan a Carlos de la F\u00e9, quien demuestra una gran maestr\u00eda a la hora de jugar con el lector y con las convenciones propias de lo ficcional. <i>Maldito vicio<\/i> es ante todo una obra de metaliteratura acerca del escritor y su labor. Con un tono desbordante de iron\u00eda, nos habla acerca de la literatura en su consideraci\u00f3n m\u00e1s pr\u00e1ctica; esto es, a la hora de escribir. \u00bfC\u00f3mo trabaja el autor? \u00bfQu\u00e9 pasa en su mente cuando se enfrasca en la construcci\u00f3n de un poema, una novela, un relato o, como en este caso, un microcuento? Carlos de la F\u00e9 llena su obra de gui\u00f1os a los propios escritores, quienes indudablemente son susceptibles de verse identificados en las numerosas situaciones que sus textos presentan. Nos invita -incluso en muchos casos nos desaf\u00eda- a ponernos en el lugar del <i>autor<\/i>, tanto en su sentido m\u00e1s literal como en el m\u00e1s puramente te\u00f3rico que entiende dicho t\u00e9rmino como el personaje ret\u00f3rico, ficcional en s\u00ed, que narra la historia de la que \u00e9l mismo, de modo m\u00e1s o menos directo, forma parte. Son numerosos los autores y las rese\u00f1as que se refieren a <i>Maldito vicio <\/i>con la expresi\u00f3n \u201cironizaci\u00f3n del acto de leer\u201d. Sin embargo, a tenor de lo dicho hasta ahora cabe cuestionarse si esta ironizaci\u00f3n no est\u00e1 m\u00e1s bien dirigida al acto de escribir. El autor, con la familiaridad propia de quien lleva toda la vida en constante compa\u00f1\u00eda de la labor con la palabra, se refiere a ella con una acidez que no oculta sin embargo la gran pasi\u00f3n que en \u00e9l suscita. \u00bfPor qu\u00e9 se dice entonces que Carlos de la F\u00e9 ironiza acerca del acto de leer? La respuesta estriba en la consideraci\u00f3n que el autor tiene del proceso de lectura, que para \u00e9l no es sino la otra cara de la labor de escribir. No nos referimos con ello \u00fanicamente al autor que, mientras trabaja, tiene en mente a uno o varios lectores ideales: lectura y escritura se dan la mano en el mero hecho de quien escribe, est\u00e1 en una constante lectura de textos, tanto propios como ajenos, de s\u00ed mismo en \u00faltima instancia. Del mismo modo, quien lee en cierta manera tambi\u00e9n escribe; si no de forma directa, s\u00ed en el propio proceso de lectura, por el cual reproduce en su mente aquello que lee impregnado siempre de su propia subjetividad. De sus propias preguntas, en definitiva. M\u00e1s all\u00e1 de la cuesti\u00f3n de la ficcionalidad, pero sin abandonar el juego con la misma, Carlos de la F\u00e9 sit\u00faa al lector ante los mismos problemas que el escritor se encuentra en el blanco del papel. Nada escapa a su iron\u00eda sin l\u00edmites: desde la falta de ideas o de originalidad hasta lo dificultoso de hacerse un hueco en el panorama literario, pasando por el abuso de los lugares comunes o la complejidad de elecci\u00f3n de t\u00e9rminos para una obra, el autor desgrana uno a uno con frescura y originalidad cada uno de los \u201cposibles efectos adversos\u201d de este <i>maldito vicio<\/i>. Asimismo, este libro aborda otros aspectos, siempre bajo la \u00f3ptica que acabamos de comentar:\u00a0 nos presenta la tecnolog\u00eda como una parte de la vida en general y de la vida del escritor en particular, visi\u00f3n a la que en ocasiones a\u00f1ade una \u00f3ptica negativa se\u00f1alando y ridiculizando nuestra dependencia de la misma y el peligroso antisentimiento al que podemos vernos abocados en consecuencia. No podemos olvidarnos, adem\u00e1s, de las referencias a otros autores de la talla de Edgar Allan Poe o Walt Whitman y, en lo que respecta a la literatura espa\u00f1ola, a Cervantes, Ram\u00f3n J. Sender y especialmente a Leopoldo Mar\u00eda Panero, entre otros muchos. La intertextualidad cobra as\u00ed una gran importancia a la hora de recordarnos cu\u00e1n intr\u00ednsecos son a nosotros los interrogantes y la necesidad a veces acuciante de sumergirnos en otros mundos donde \u00e9stos no sean una sombra constante, e incluso de hacer del nuestro propio uno de esos mundos. En definitiva, <i>Maldito vicio<\/i> es literatura que surge de la propia literatura; una puesta en escena de todos los mecanismos que intervienen en lo ficcional, esencia de lo literario, para transformarlos en el objeto de la propia narraci\u00f3n como forma de responder a algunos de los miles de interrogantes que sufren todos los adictos a las palabras.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Raquel S\u00e1nchez Jim\u00e9nez Estoy intentando hablar de la realidad -no es m\u00e1s que otro pacto con lo absurdo, una ficci\u00f3n perpetrada con alevos\u00eda para no hacernos preguntas, ni las necesarias, ni las imprescindibles, ninguna (p. 62). Carlos de la F\u00e9 es, sin duda, otra de esas personas que no pueden parar de hacer(se) preguntas, lo que probablemente haya tenido que ver con su entrega al maldito vicio que reza el t\u00edtulo de su \u00faltima obra. Tanto es as\u00ed que, de todos los vicios que pod\u00eda haber adoptado, se decant\u00f3 por el que m\u00e1s preguntas suscita a sus v\u00edctimas; aquel que, al designar las cosas, se convierte en art\u00edfice de las mismas y las reproduce con los mismos interrogantes que se encuentran en nuestra mente. En efecto, Carlos de la F\u00e9 es, como tant\u00edsimos otros autores y lectores, un adicto a las palabras. Escogi\u00f3 este vicio porque ciertamente no existe otra opci\u00f3n para estas personas, anhelantes de realidad, de t\u00e9rminos, de respuestas. 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