{"id":3086,"date":"2014-06-22T09:04:39","date_gmt":"2014-06-22T09:04:39","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=3086"},"modified":"2014-06-22T15:34:34","modified_gmt":"2014-06-22T15:34:34","slug":"las-confesiones-de-un-bibliofago-de-jorge-ordaz-pez-de-plata-2014","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=3086","title":{"rendered":"LAS CONFESIONES DE UN BIBLI\u00d3FAGO, de JORGE ORDAZ (Pez de Plata, 2014)"},"content":{"rendered":"<blockquote><p><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/LAS_CO1.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"wp-image-3087 alignleft\" alt=\"LAS_CO~1\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/LAS_CO1.jpg\" width=\"291\" height=\"513\" \/><\/a>\u00a0\u00a0 Tal vez no haya esfuerzo m\u00e1s gratificante que el que se invierte en aprender aquello que a uno le place. (p. 47)<\/p><\/blockquote>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00a0En esta \u00faltima d\u00e9cada el debate en torno a la volatilidad del soporte literario ha mariposeado incansablemente en tertulias, aulas, libros, prensa, redes sociales y programas radiof\u00f3nicos y televisivos. Cuando se han superado ya los problemas surgidos en la prehistoria del libro electr\u00f3nico \u2212el <i>eReader <\/i>de 1999\u2212, la pol\u00e9mica se ha ramificado en otros asuntos: la gesti\u00f3n de los derechos de autor, la resoluci\u00f3n de las pantallas, el desarrollo de la interactividad, los canales de difusi\u00f3n y de venta o la reconfiguraci\u00f3n de los modelos de negocio para las empresas editoriales. En octubre de 2008 <i>El Pa\u00eds <\/i>anunciaba en un titular \u201cEl libro digital ganar\u00e1 al papel en 10 a\u00f1os\u201d. Y en abril de 2014 Pez de Plata ha reeditado en un ejemplar exquisito <i>Las confesiones de un bibli\u00f3fago <\/i>de Jorge Ordaz (Barcelona, 1946), autor de <i>Prima donna <\/i>(1986, finalista del premio Herralde), <i>La Perla de Oriente <\/i>(1993, finalista del premio Nadal), <i>Perdido Ed\u00e9n <\/i>(1998), <i>El cazador de dinosaurios <\/i>(2009), <i>El fuego y las cenizas <\/i>(2011, Premio de la Cr\u00edtica de Asturias) y <i>Diabolic\u00f3n <\/i>(2013).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Y quiz\u00e1s \u00e9ste es el mejor momento para leer o releer una novela de 1989, donde la pasi\u00f3n por los libros se centra, especialmente, en su dimensi\u00f3n material. Ordaz nos introduce en la adoraci\u00f3n fetichista por los insospechados placeres que proporciona el tacto del papel, la esmerada encuadernaci\u00f3n, \u00a0los matices del olor de un volumen joven o fatigado. Nos sumerge en las sensaciones que despierta el perfume de la tinta a\u00fan fresca, y expresa delicadamente el insustituible deleite de recorrer, con las yemas de los dedos, los grabados, relieves, orlas e hilos de este objeto art\u00edstico. Pero sobre todo, nos invita a un banquete, a una narraci\u00f3n voluptuosa sobre el sabor. S\u00ed, sobre el sabor de los libros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00a0Del biblioclasta al bibli\u00f3filo, del bibli\u00f3filo al bibli\u00f3mano, del bibli\u00f3mano al bibli\u00f3fago. As\u00ed podr\u00eda resumirse el camino personal que recorre el an\u00f3nimo protagonista, un liberal oriundo de Barcelona que vive la \u00e9poca del absolutismo fernandino. Desde la atalaya de su madurez, se dispone a poner por escrito el origen y desarrollo de su \u00edntima, extra\u00f1a y vehemente perversidad:<\/p>\n<blockquote><p><b>\u00a0Empezar\u00e9 por el principio: a m\u00ed no me gustaban los libros; es m\u00e1s, puedo decir que los odiaba. A lo largo de mi infancia y gran parte de mi adolescencia, los libros no constituyeron para m\u00ed sino meros objetos susceptibles de ser desencuadernados. Mi \u00fanico contacto con estos \u2018destilados de la civilizaci\u00f3n humana\u2019 \u2013como alguien ha dicho\u2212, era para arrancarles las tapas y deshojarlos con indisimulada fruici\u00f3n (p. 15). <\/b><\/p><\/blockquote>\n<p style=\"text-align: justify\"><i>Confesiones de un bibli\u00f3fago <\/i>es una novela de formaci\u00f3n que narra en primera persona, con una prosa erudita y gustosa, salpicada de un humor brit\u00e1nico, la azarosa historia de un personaje que, ya en la edad adulta, sigue interrog\u00e1ndose sobre el motivo de su infantil fobia. Una fobia que no duda en atribuir a la pasi\u00f3n lectora de su madre, que durante los meses de gestaci\u00f3n del hijo, adquiri\u00f3 la costumbre de leer durante toda la jornada, apoyando c\u00f3modamente el volumen, \u201ca modo de facistol, sobre su prominente vientre\u201d, mientras \u00e9l iba \u201ccreciendo como pod\u00eda en su seno, sintiendo cada vez m\u00e1s el peso agobiante de la cultura y, en especial, de la llamada cultura impresa\u201d (p. 16)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Ante ese impulso destructor, sus padres emplearon la mejor de las estrategias: dejar fuera de su alcance todo volumen. De este modo se despert\u00f3 en el ni\u00f1o una natural curiosidad hacia esos objetos que le hab\u00edan sido vetados. As\u00ed, el peque\u00f1o \u00a0biblioclasta fue apacigu\u00e1ndose hasta que, al quedar hu\u00e9rfano a los 14 a\u00f1os, fue acogido por su t\u00edo Hip\u00f3lito, un hombre culto que pasaba sus d\u00edas trabajando en su fastuosa biblioteca. Nuestro protagonista descubre entonces, con extraordinario asombro, que exist\u00edan se\u00f1ores que no se conformaban con comprar, leer y guardar libros, sino que se dedicaban \u201ca cuidarlos y a mimarlos, gast\u00e1ndose, llegado el caso, verdaderas fortunas, y sintiendo por ellos una suerte de pasi\u00f3n irrefrenable que les convert\u00eda en sus incondicionales reverenciadores\u201d (p. 23)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Gracias a que su tutor le permite, tras unos meses de formaci\u00f3n, asistir a las veladas literarias que celebraba los martes en su casa, el lector puede conocer a una galer\u00eda de contertulios, tan exc\u00e9ntricos como fascinantes, y descubrir c\u00f3mo el protagonista aprendi\u00f3 a conocer y a querer a los libros, a reconocer las tipograf\u00edas (<i>bodoni, didots, estefanos, elzevires<\/i>)<i>, <\/i>a apreciar \u00ablas encuadernaciones \u201cpajariles\u201d de Der\u00f4me, con su proliferaci\u00f3n de volutas, cenefas, roleos, pinjantes, florones y \u2013c\u00f3mo no\u2212 de graciosos pajarillos\u00bb (p. 31), y tambi\u00e9n a escuchar todo tipo de an\u00e9cdotas y relatos sobre hurtos, asesinatos, muertes repentinas, p\u00e9rdidas aciagas y maravillosos hallazgos: \u00a0\u201cmil y una peripecias en torno a la b\u00fasqueda y posesi\u00f3n de los libros; grandezas y miserias, en fin, de la bibliofilia y de sus cultivadores\u00bb (p. 32).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Aparece don Bartolom\u00e9, para quien \u201cla encuadernaci\u00f3n no era un mero adorno o lujo superfluo, sino absoluta necesidad por la que el libro consigue su nombre y se hace digno de \u00e9l\u201d (p. 25); junto a \u00e9l, el t\u00edmido y memorioso don Pascual Grassi, un hombre casi ciego, que se aproximaba a los libros hasta tocarlos con la nariz (\u201cdec\u00edase que los reconoc\u00eda m\u00e1s por el tacto que por la vista\u201d, p. 26) y llevaba a cuestas la desgracia de haber perdido la oportunidad de hacerse con un ejemplar de la <i>\u00d3pera <\/i>de Llull, impresa en Estrasburgo por Lazarus Zetzner en el siglo XVI, \u201cs\u00f3lo porque quien se la ofreci\u00f3 no le merec\u00eda confianza\u201d. Tambi\u00e9n nos presenta a Don Prudencio Casulleras, el can\u00f3nigo de tez espectral, acostumbrado a hurgar en los pergaminos vetustos, en los manuscritos en vitela, en los antiguos c\u00f3dices en piel de venado; y Constant\u00ed, el m\u00e1s enigm\u00e1tico de todos ellos, en cuya biblioteca menudeaban las ediciones virgilianas, pues su m\u00e1xima aspiraci\u00f3n \u201cera poder llegar a conseguir tantos virgilios como d\u00edas del a\u00f1o, a fin de poder dedicar entonces una jornada cabal al disfrute de cada una de las ediciones del Mantuano\u201d (p. 29).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Durante este viaje inici\u00e1tico, el joven recae en la Sociedad Filos\u00f3fica y, en 1824, con motivo de las turbulencias pol\u00edticas acaecidas en Espa\u00f1a, se ve obligado a \u00a0exiliarse en Inglaterra. En la sociedad londinense logra abrirse paso a trav\u00e9s de varios oficios: de catalogador de libros de un cirujano a ayudante de Salv\u00e1, el librero valenciano. Estos empleos le proporcionan suficientes ingresos para lograr instalar su propio taller de encuadernaci\u00f3n, para su uso y disfrute particular. El personaje desea fervientemente poner en pr\u00e1ctica, con la ayuda de un maestro veterano, todo el bagaje te\u00f3rico que ha adquirido durante su adolescencia y juventud. Su gran ilusi\u00f3n no era otra que \u201cconvertir un libro modestamente salido de la imprenta en un valioso e imperecedero objeto de arte\u201d. En este punto de su vida, su incipiente bibliofilia deriva en la biblioman\u00eda. Confiesa que ya era consciente de que, en aquellos d\u00edas, viv\u00eda exclusivamente de y para los libros:<\/p>\n<blockquote><p><b>De hecho, los adoraba y gozaba inmensamente contempl\u00e1ndolos, acarici\u00e1ndolos o cambi\u00e1ndolos de \u201cropaje\u201d. Sent\u00eda una profunda, compulsiva y mesmerizante atracci\u00f3n hacia ellos y, dej\u00e1bame arrastrar gustosamente sucumbiendo fatalmente a sus encantos, cual inexperto nauta hechizado por embaidores y suasibles cantos de sirenas (p. 49). <\/b><\/p><\/blockquote>\n<p style=\"text-align: justify\">Dicha pasi\u00f3n y pericia en el arte de la encuadernaci\u00f3n le lleva a trabajar, en la clandestinidad y con condiciones muy estrictas, para un selecto club de amantes de los libros m\u00e1s raros y mejor editados: <i>The Bookeater\u2019s Club, <\/i>El Club de los comedores de libros, que le revela una nueva perspectiva:<\/p>\n<blockquote><p><b>Probado es que el frenes\u00ed por los libros apenas conoce l\u00edmites (&#8230;) Las b\u00fasquedas obstinadas y perseverantes, las incesantes compras y adquisiciones, las pesquisas constantes e indesmayables, constituyen el eje y centro de la actividad del bibli\u00f3mano, ese ser abocado a ser v\u00edctima de aquello que m\u00e1s aprecia. A diferencia del bibli\u00f3filo, el bibli\u00f3mano no posee los libros, sino que se ve pose\u00eddo por ellos (\u2026) No escoge los libros, los amasa. (p. 59)<\/b><\/p><\/blockquote>\n<p style=\"text-align: justify\">Tras realizar para esta sociedad exquisitos encargos, se le permitir\u00e1 asistir, como invitado especial, a una de las sesiones de este extra\u00f1o club, de larga tradici\u00f3n, &#8211; fundado en 1789-, que manten\u00eda una innegociable cl\u00e1usula por la que se exclu\u00eda la entrada a mujeres, cl\u00e9rigos y escoceses. Por otro parte, solo pod\u00edan ingresar como socios\u00a0 aqu\u00e9llos que superaran unas dif\u00edciles pruebas que demostraran que el aspirante merec\u00eda ser aceptado en el elitista <i>The Bookeater\u2019s Club<\/i>, cuyo emblema era un cuchillo y un tenedor cruzados sobre un libro abierto, y que se amparaba en una rotunda consigna: \u201c<i>All in a book is palatable\u201d<\/i>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00a0El protagonista pronto sucumbe a esa pasi\u00f3n compartida \u2013furtivamente- con otra n\u00f3mina de estrafalarios personajes. Y va creciendo a\u00fan m\u00e1s en \u00e9l la atracci\u00f3n no ya por el conocimiento que la letra impresa transmite, sino por otros detalles y matices intuidos, pero nunca antes explorados totalmente. En esas reuniones experimentar\u00e1, deslumbrado, que:<\/p>\n<blockquote><p><b>\u00a0los libros nuevos o reci\u00e9n impresos suelen ser tiernos o jugosos, pero algo ins\u00edpidos, que los antiguos son por lo general m\u00e1s sabrosos \u2013sobre todo los pergaminos a la romana\u2212, pero en cambio pecan de correosos y resecos, por manera que precisan casi siempre, de previo reblandecimiento, cuando no de adobos suavizadores; que los ejemplares muy fatigados tienden a la flaccidez, y es aconsejable degustarlos \u00e0 la faisand\u00e9, y que no hay mayor disfrute que el hecho irrepetible de comerse una copia \u00fanica (p. 70). <\/b><\/p><\/blockquote>\n<p style=\"text-align: justify\">El protagonista consigue superar las pruebas gracias a su amplio conocimiento del mundo del libro, pero tambi\u00e9n a su pericia en la preparaci\u00f3n de un delicioso y sencillo men\u00fa de hojas de respeto y puntas de tela sajona sazonadas con aceite de trementina. Tratar\u00e1, evidentemente, de justificar su bibliofagia con argumentaciones librescas: \u201cel amor a los libros es la causa \u00faltima por la que \u00e9stos pueden ser comidos\u201d (p. 75), afirma, y se apoyar\u00e1 en la autoridad de Francis Bacon, quien se lamentaba a menudo de que \u201cmuchos libros son probados, pero pocos masticados y digeridos\u201d (p. 78)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El ritual para probar esos deliciosos manjares deb\u00eda seguir un orden gradual, de modo que los cinco sentidos se aplicaran lenta e intensamente a explotar tan ins\u00f3lito placer: la vista para contemplar la encuadernaci\u00f3n y para admirar con parsimonia los tipos de letra y los delicados ornatos; el tacto, para discurrir sobre la calidad y la naturaleza de la textura del papel; el olfato para deleitarse en el aroma del cuero, de la tinta, e incluso hasta en los rancios olores de libros vetustos; el o\u00eddo, que le brindaba el murmullo de cientos de hojas desliz\u00e1ndose entre los dedos y el sonido opaco de las tapas al cerrar el volumen con un golpe seco. Estos iniciales deleites preparaban y abr\u00edan el apetito a cada uno de los comensales para el goce completo y \u00faltimo: \u201cel reconocimiento palatal, la degustaci\u00f3n y el saboreo sutil de todos y cada uno de los distintos elementos del libro\u201d (p. 79)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Les invitamos, pues, a conocer estas confidencias venidas de un siglo pret\u00e9rito, con la promesa de que no les defraudar\u00e1 la confesi\u00f3n del \u00faltimo e ins\u00f3lito deseo de su protagonista. Un deseo que se desvela en la \u00faltima p\u00e1gina de un libro que, en el primer cuarto del siglo XXI, homenajea \u2212desde la iron\u00eda\u2212 a bibli\u00f3filos y a bibli\u00f3manos, para recordarnos, tal vez, que el amor por el libro est\u00e1 unido al amor por el objeto art\u00edstico. As\u00ed, mientras Ordaz nos permite degustar una y otra vez \u2013con la imaginaci\u00f3n\u2212 algunos artefactos literarios verdaderamente irresistibles, nos permitimos preguntarle, querido lector: \u00bfqu\u00e9 libro anhelar\u00eda catar, saborear o devorar secretamente? <i>Bon appetit!<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right\">Inmaculada Rodr\u00edguez-Moranta<\/p>\n<p style=\"text-align: right\">Universidad Rovira y Virgili<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0\u00a0 Tal vez no haya esfuerzo m\u00e1s gratificante que el que se invierte en aprender aquello que a uno le place. (p. 47) \u00a0En esta \u00faltima d\u00e9cada el debate en torno a la volatilidad del soporte literario ha mariposeado incansablemente en tertulias, aulas, libros, prensa, redes sociales y programas radiof\u00f3nicos y televisivos. Cuando se han superado ya los problemas surgidos en la prehistoria del libro electr\u00f3nico \u2212el eReader de 1999\u2212, la pol\u00e9mica se ha ramificado en otros asuntos: la gesti\u00f3n de los derechos de autor, la resoluci\u00f3n de las pantallas, el desarrollo de la interactividad, los canales de difusi\u00f3n y de venta o la reconfiguraci\u00f3n de los modelos de negocio para las empresas editoriales. En octubre de 2008 El Pa\u00eds anunciaba en un titular \u201cEl libro digital ganar\u00e1 al papel en 10 a\u00f1os\u201d. Y en abril de 2014 Pez de Plata ha reeditado en un ejemplar exquisito Las confesiones de un bibli\u00f3fago de Jorge Ordaz (Barcelona, 1946), autor de Prima donna (1986, finalista del premio Herralde), La Perla de Oriente (1993, finalista del premio Nadal), Perdido Ed\u00e9n (1998), El cazador de dinosaurios (2009), El fuego y las cenizas (2011, Premio de la Cr\u00edtica de Asturias) y Diabolic\u00f3n (2013). 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