{"id":3263,"date":"2015-01-21T09:56:56","date_gmt":"2015-01-21T09:56:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=3263"},"modified":"2016-01-28T09:20:32","modified_gmt":"2016-01-28T09:20:32","slug":"cancion-triste-y-alegre-de-la-senora-scrooge","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=3263","title":{"rendered":"CANCI\u00d3N TRISTE Y ALEGRE DE LA SE\u00d1ORA SCROOGE"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/scrooge18.png\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-thumbnail wp-image-3264\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/scrooge18-290x220.png\" alt=\"scrooge18\" width=\"290\" height=\"220\" \/><\/a>El list\u00edn de tel\u00e9fonos es el libro que mayor n\u00famero de personajes confina entre sus p\u00e1ginas y s\u00f3lo aquellos lectores m\u00e1s \u00e1vidos son capaces de entrever, entre la espesura de nombres y n\u00fameros, su infinidad de veladas historias. En los tomos crasos y plisados del list\u00edn de la ciudad de Londres figuraban doce se\u00f1ores Fezzwig, veinti\u00fan Cratchit, treinta y siete Marley y tres se\u00f1ores Scrooge. Tiempo antes de que su nombre apareciese tambi\u00e9n en \u00e9l, la se\u00f1ora Scrooge atragant\u00f3 la maleta con sus mejores ropajes, una polvera que nunca antes hab\u00eda usado, un frasco dulz\u00f3n de perfume y, desatendiendo las met\u00f3dicas celebraciones familiares, adquiri\u00f3 un billete de tren que la llevara hasta la capital. Era entonces a\u00fan la se\u00f1orita Peabody, empleada de la compa\u00f1\u00eda telef\u00f3nica, devota de Dickens, de rostro anodino aunque agradable y que hab\u00eda procurado durante a\u00f1os la b\u00fasqueda de un var\u00f3n con el que matrimoniar sin llegar a lograrlo. Solitaria sin vocaci\u00f3n, se hab\u00eda ido tornando avara, secreta y retra\u00edda hasta el punto de que su alma fr\u00eda no se templaba ni en los d\u00edas m\u00e1s afables del verano y, menos a\u00fan, en la Navidad. Sobre el paisaje nacarado de escarcha el tren trazaba la bisectriz de todos los d\u00edas y, sin embargo, tras las ventanillas los viajeros mostraban rostros diferentes, v\u00edvidamente alegres, portadores de paquetes con agasajos o con viandas. Era Nochebuena. La se\u00f1orita Peabody, al contrario de los otros, no retornaba a casa sino que se ausentaba sabedora de que quiz\u00e1s, si todo ocurr\u00eda como hab\u00eda deseado, no tendr\u00eda que volver. Con las manos posadas sobre la maleta como dos p\u00e1jaros invernales, permaneci\u00f3 inm\u00f3vil, dedicada s\u00f3lo a sus pensamientos, hasta que el tren entr\u00f3 en la estaci\u00f3n Victoria. Encrespada por el bullicio jubiloso del and\u00e9n, sali\u00f3 rauda a la calle y se encamin\u00f3 hacia la m\u00e1s pr\u00f3xima de las tres direcciones que hab\u00eda determinado visitar. Las avenidas estaban engalanadas pomposamente y los escaparates de las tiendas rebosaban mercader\u00edas in\u00fatiles. Se detuvo ante uno de ellos y contempl\u00f3 con desagrado como, tras la vidriera, la dependienta candorosa envolv\u00eda en papel de regalo un inmenso paquete. Prosigui\u00f3 despu\u00e9s despaciosamente hasta una de las calles menos transitadas de Belgravia y busc\u00f3 el n\u00famero donde habitaba el primer se\u00f1or Scrooge. Era una casa de ladrillo marchito con las ventanas repintadas de rojo. Albergaba varios apartamentos en dos pisos y, porfiada, la se\u00f1orita Peabody llam\u00f3 a la puerta donde el list\u00edn telef\u00f3nico se\u00f1alaba la residencia de un hombre cuyo apellido ella anhelaba conseguir. Abri\u00f3 un joven de aspecto desali\u00f1ado, como si acabase de despertar, y divertido por los argumentos de la austera se\u00f1orita, la invit\u00f3 a pasar. Charlie Scrooge era alumno, si bien poco aplicado, del Imperial College y, alentado por la segunda taza hirviente de t\u00e9, acept\u00f3 contraer matrimonio con la se\u00f1orita Peabody una vez que el curso hubiese terminado y bajo la condici\u00f3n insuperable de que el asunto no trascendiera a su padre, alto funcionario de la Corona en colonias. El joven brome\u00f3 despu\u00e9s sobre los pormenores de la ceremonia y, para desasosiego de la futura novia, ensalz\u00f3 a continuaci\u00f3n con voz inocente las bondades de la Nochebuena, le dese\u00f3 que tuviese una feliz Navidad y se dispuso a asearse para acudir a la op\u00edpara celebraci\u00f3n que cada a\u00f1o ten\u00eda lugar en el hogar de sus abuelos. Cuando la se\u00f1orita Peabody sali\u00f3 a la calle el cielo le pareci\u00f3 m\u00e1s plomizo de lo acostumbrado, empolv\u00f3 sus mejillas en un gesto de coqueter\u00eda que le era ajeno y se dirigi\u00f3 hacia el domicilio del segundo se\u00f1or Scrooge en Lupus Street. Con sorpresa constat\u00f3 que el n\u00famero que figuraba en el list\u00edn no se correspond\u00eda con vivienda alguna sino que lo ocupaba una tienducha, semejante a las que despachan peri\u00f3dicos, laureada por un cartel\u00f3n deslucido donde se le\u00eda \u201cScrooge, Casa de Empr\u00e9stitos\u201d. Al entrar, la puerta zarande\u00f3 un colgante de campanillas que son\u00f3 discorde, como una risa fingida. Tras el mostrador se ergu\u00eda un hombre de su misma edad, apuesto a\u00fan, con la nariz afilada y los cabellos crespos, que dijo ser \u00e9l mismo cuando la se\u00f1orita pregunt\u00f3 por el se\u00f1or Scrooge. Principi\u00f3 la conversaci\u00f3n con temas banales y, cuando agotados \u00e9stos el prestamista quiso saber en qu\u00e9 pod\u00eda ayudarla, ella no relat\u00f3 contrariedades financieras como acostumbraban los otros visitantes del local, sino que expuso sucinta la raz\u00f3n de su presencia. Estaba pronta a concluir cuando las campanillas repicaron de nuevo anunciando la llegada de una mujer con cuatro criaturas ruidosas y dos pavos con aspecto de cena bajo el brazo. Eran la esposa y los hijos del se\u00f1or Scrooge quien, alborozado, salt\u00f3 al otro lado del mostrador para abrazarlos, desatendiendo as\u00ed la peculiar propuesta de la se\u00f1orita Peabody. Alz\u00f3 la maleta y se march\u00f3 malhumorada al descubrir tan disparatadas muestras de alegr\u00eda en el propietario de un negocio requerido de austeridad. Su \u00faltima expectativa, el tercer se\u00f1or Scrooge, viv\u00eda en Bloomsbury, en un edificio de port\u00f3n verde en Doughty Street. La caminata fue larga y fastidiosa, con voces demasiado agudas cantando villancicos en las esquinas, el olor sofocante de las casta\u00f1as, la algarab\u00eda de las gentes pobres y todos los campanarios repitiendo mon\u00f3tonos su festiva llamada. Apenas era el mediod\u00eda y la niebla g\u00e9lida y refulgente punzaba los rostros de los transe\u00fantes sin lograr enfermarlos de tristeza. Un cortejo f\u00fanebre sal\u00eda de la casa cuando la se\u00f1orita Peabody lleg\u00f3 al lugar. Nadie acompa\u00f1aba al ata\u00fad excepto el funerario y el sepulturero que lo cargaban desganados sin flores ni adornos. Algunos vecinos presenciaban la escena arremolinados en la acera opuesta y la se\u00f1orita se lleg\u00f3 hasta ellos para averiguar la identidad del difunto. Era un viejo usurero -respondi\u00f3 estridente una mujer- vivi\u00f3 solo y solo ha muerto, no se ha visto nunca un entierro tan m\u00edsero y, por si fuese poco, en Nochebuena. John Scrooge hab\u00eda fallecido en la madrugada y, sin herederos ni amigos, hubiera sido el \u00fanico en asistir a su propio funeral si no fuese porque la se\u00f1orita Peabody, movida por un \u00e1pice de conmiseraci\u00f3n, decidi\u00f3 unirse a tan escueto cortejo. Tras el ceremonial en el cementerio, se apresur\u00f3 para tomar el tren de las tres. Casi hab\u00eda oscurecido y en muchas ventanas titilaban luces que, al rasgar la neblina, confer\u00edan a la ciudad un aspecto \u00e1ureo e irreal. En un acto de contrici\u00f3n, compr\u00f3 confites para sus sobrinos, dese\u00f3 felices Pascuas a varios desconocidos y, no s\u00f3lo lleg\u00f3 a tiempo de atender la cena familiar, sino que durante la misma curv\u00f3 los labios repetidas veces esbozando una sonrisa. Unos d\u00edas despu\u00e9s, cargada con la misma maleta, regres\u00f3 a Londres y realiz\u00f3 los tr\u00e1mites oportunos para la adquisici\u00f3n de la casa de Doughty Street que hab\u00eda pertenecido al mis\u00e1ntropo se\u00f1or Scrooge. Solicit\u00f3 despu\u00e9s a la compa\u00f1\u00eda telef\u00f3nica el traslado a un puesto en la ciudad y gestion\u00f3 ella misma la inclusi\u00f3n en el list\u00edn telef\u00f3nico de su nueva direcci\u00f3n y su nuevo nombre. Puesto que nadie habr\u00eda de reivindicarlo, adopt\u00f3 el apellido del anterior propietario del inmueble, y los habitantes del vecindario pronto concluyeron que alguna parentela, pr\u00f3xima o lejana, la un\u00eda con el finado pues su car\u00e1cter y sus h\u00e1bitos no distaban en demas\u00eda de los de aquel. Desde entonces, Eleonora Scrooge figur\u00f3 felizmente al final de la p\u00e1gina trescientos setenta y dos del list\u00edn de tel\u00e9fonos en Londres y de este modo vivi\u00f3 venturosa, austera y despreciadora de la Nochebuena durante muchos a\u00f1os m\u00e1s.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El list\u00edn de tel\u00e9fonos es el libro que mayor n\u00famero de personajes confina entre sus p\u00e1ginas y s\u00f3lo aquellos lectores m\u00e1s \u00e1vidos son capaces de entrever, entre la espesura de nombres y n\u00fameros, su infinidad de veladas historias. En los tomos crasos y plisados del list\u00edn de la ciudad de Londres figuraban doce se\u00f1ores Fezzwig, veinti\u00fan Cratchit, treinta y siete Marley y tres se\u00f1ores Scrooge. 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