{"id":644,"date":"2013-03-07T22:07:56","date_gmt":"2013-03-07T22:07:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=644"},"modified":"2013-03-21T22:45:23","modified_gmt":"2013-03-21T22:45:23","slug":"el-malecon-1975","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=644","title":{"rendered":"El malec\u00f3n 1975"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: left;\" align=\"right\"><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/10.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-647\" alt=\"10\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/10.jpg\" width=\"401\" height=\"282\" srcset=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/10.jpg 520w, http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/10-330x232.jpg 330w\" sizes=\"(max-width: 401px) 100vw, 401px\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\" align=\"right\">El malec\u00f3n, por <a title=\"Pilar Salamanca\" href=\"http:\/\/www.pilarsalamanca.com\/\" target=\"_blank\">Pilar Salamanca<\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\" align=\"right\">A Manuel Mendive, pintor cubano<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0 Recuerdo que hab\u00eda un <i>ch\u00e9vrole<\/i>t rojo destartalado y viejo de quinta mano estacionado a pocos pasos y una bicicleta tirada sobre el bordillo, derrengada m\u00e1s bien, con las llantas plateadas de puro pulidas y el manillar vuelto sobre s\u00ed mismo en una inveros\u00edmil pirueta met\u00e1lica.<\/p>\n<p>Recuerdo que, por alguna raz\u00f3n, la luz del atardecer parec\u00eda conversar con el agua intercambiando part\u00edculas de sal y meci\u00e9ndose sobre las olas murmurando<i> s\u00ed o no o yo creo<\/i> mientras la espuma se agrupaba sobre sus crestas como puntillas de crinolina indomable y flexible al mismo tiempo, en direcci\u00f3n al Malec\u00f3n.<\/p>\n<p>Recuerdo haber caminado muy deprisa desde el hotel, pero ahora trotando, cruzar la calzada camino del agua, pasar al lado del <i>ch\u00e9vrolet<\/i> y dejar atr\u00e1s la bicicleta para acercarme luego al muro donde se abismaban los ojos del uno en los ojos de la otra y en su fondo l\u00edquido, los besos de aquella pareja de enamorados negro \u00e9l, ella mulata, antes de desanudarse y desaparecer paseo abajo.<\/p>\n<p>Recuerdo el color mineral de aquel mar lapisl\u00e1zuli pero m\u00e1s duro, m\u00e1s intenso todav\u00eda, bajo las nubes floreadas que se levantaban por encima de la superficie, tan parecidas a espectros amontona\u00addos sobre los restos de las burbujas que tras de s\u00ed dejaban extra\u00f1os faluchos construidos con neum\u00e1ticos gigantescos, atados de dos en dos y a veces de tres en tres, como cunas despobladas.<\/p>\n<p>Recuerdo la sombra de una mujer, porque era una mujer de eso estoy segura, anciana, incre\u00edblemente fr\u00e1gil con un vestido de algod\u00f3n muy sencillo que se descolgaba en m\u00ednimos pliegues sobre la pechera lisa y sin pechos y un turbante de color malva de esos que se parecen un poco a los gorros de ducha y tambi\u00e9n, otro poco, a las cintas anchas que utilizan las bailarinas de ballet para retirarse el pelo de la cara y entonces, recuerdo, imagin\u00e9 que su delgadez se deb\u00eda sobre todo, pero no exclusiva\u00admente, a la soledad, esa clase de soledad empolvada de las se\u00f1oritas humildes, de buena familia que no ten\u00edan nada antes de la Revoluci\u00f3n y siguieron sin tenerlo, y desde luego sin pedirlo, despu\u00e9s.<\/p>\n<p>Recuerdo aquel olor a brea y a petr\u00f3leo, casi s\u00f3lido en las rendijas de los pulmones, a trav\u00e9s de los orificios de la nariz desconcertada y del aroma de las algas mezclado con el salitre pulverizado entre los grandes bloques de hormig\u00f3n negro como basalto, oleaginoso, obscuro contra las olas y el ruido que hac\u00edan los \u00e9mbolos de las \u00a0perforadoras antediluvianas, casi asm\u00e1ticas, perforando los labios de la costa, al otro lado de la bah\u00eda.<\/p>\n<p>Recuerdo, como si los estuviera viendo, a los dos pescadores, Lucas y Santino, uno blanco y otro negro, uno viejo y otro menos viejo, los dos tambi\u00e9n, extremadamente delgados y descalzos, que se gritaban el uno al otro llam\u00e1ndose cosas y re\u00edan a carcajadas con la misma risa y unos dientes amarillos tremendos y recuerdo que ca\u00ed en la cuenta que nunca, ni por un momento, hab\u00eda dudado de que terminar\u00eda hablando con ellos como si los conociera de toda la vida despu\u00e9s de acercarme y preguntar por la pesca sin esfuerzo, sin mucha curiosidad siquiera. Hasta me imagin\u00e9 pidi\u00e9ndoles algunos peces y pregun\u00adtando, c\u00f3mo no, por su precio antes de que ninguno de ellos tuviera oportunidad de decir que no, que me pod\u00eda quedar con alguno para la cena, porque eran cortes\u00eda de la casa.<\/p>\n<p>Recuerdo, sin embargo, que tard\u00e9 todav\u00eda unos minutos en acercarme porque les vi inclinarse sobre el muro y jalar con esfuerzo, con bastante agobio de m\u00fasculos y pulmones, algo que de momento yo no alcanzaba a ver desde d\u00f3nde me encontraba, exactamente unos pasos por detr\u00e1s de ellos y hacia el lado derecho y calculo que ser\u00eda entonces, cuando la obscuridad empez\u00f3 a desplomarse sobre nosotros, toda la destrozada y tambaleante noche por delante m\u00e1s all\u00e1 de cuyo resplandor fosforescente y teniendo en cuenta la falta de farolas no podr\u00eda haber visto nada aunque quisiera, \u00a0cuando contempl\u00e9 lo que estaban haciendo.<\/p>\n<p>Recuerdo que me lanc\u00e9 hacia delante, en un impulso de implacable racionalidad desesperada, no porque mis gritos pudiesen algo contra aquel horror sino porque alguien ten\u00eda que gritar y nadie m\u00e1s estaba all\u00ed para hacerlo a no ser yo. Y el que alguien tuviera que hacerlo era porque estaba segura de que no servir\u00eda de nada otra cosa y as\u00ed, si guardaba silencio, ni siquiera podr\u00eda disculparme y decir que, al menos, \u00a0no lo hab\u00eda intentado. No hab\u00eda intentado advertirles.<\/p>\n<p>Recuerdo que de pronto, me sorprend\u00ed huyendo de nuevo hacia el interior del espacio abierto que formaba la confluencia de dos calles, exactamente igual que una retrasa el momento de lanzarse al agua de una piscina helada pensando, imaginando, intentando convencerme a m\u00ed misma con palabras no amedrentadoras que explicasen, por ejemplo que <i>Acababan de rescatar un cad\u00e1ver. El cad\u00e1ver de una mujer.<\/i> Y luego. <i>Podr\u00edan sacarlo de una vez \u00bfqu\u00e9 esperan? &#8211;<\/i> retrocediendo, esta vez hacia adelante, por la cera del malec\u00f3n hacia ellos pero me equivocaba: ni siquiera cuando dije cad\u00e1ver sab\u00eda en realidad lo que estaba diciendo a pesar de que, ahora m\u00e1s claramente que antes, pod\u00eda ver la cabeza de abundante melena rizada pegada sobre los ojos y unos labios amoratados, entreabiertos alrededor de algo vertical y tenso como un sedal.<\/p>\n<p>Recuerdo que el bochorno irrevocable me estaba haciendo sudar y las gotas me resbalaban desde la frente mezcl\u00e1ndose con el <i>rimel<\/i> de las pesta\u00f1as y ennegreci\u00e9ndome, a\u00fan m\u00e1s, el entendimiento que parec\u00eda decidido a permitir que el desastre de aquella s\u00fabita aparici\u00f3n se estrellase inofensivo e impotente contra las paredes de mi cr\u00e1neo porque, despu\u00e9s de todo, los huesos del cr\u00e1neo son algo fuerte, pueden resistir, son m\u00e1s s\u00f3lidos que casi cualquier cat\u00e1strofe, m\u00e1s firmes que el miedo; sin parar siquiera, sin curiosidad suficiente para preguntarme si no ser\u00eda que estaba perdiendo el juicio un poco o quiz\u00e1 del todo debido a la edad o a cualquiera otra cosa.<\/p>\n<p>Recuerdo que la ciudad borboteaba a lo lejos y las casonas del paseo con las puertas y las contras de las ventanas abiertas, ni siquiera en silencio sino vibrando suavemente con la brisa de la oscuridad, parec\u00edan esperar el murmullo, el rumor de muerte que a punto estaba de empezar a aletear entre nosotros pues el que jalaba, agarr\u00f3 entonces la l\u00edvida cabeza por los pelos y tir\u00f3 de ella hacia adelante por encima del poyo y despu\u00e9s silb\u00f3, no como una se\u00f1al de aviso sino m\u00e1s bien sorprendido, admirado al contemplar el desnudo cuerpo de m\u00e1rmol que acababa de hacer su aparici\u00f3n por encima de la barandilla, calculando con todo cuidado su esfuerzo, para no marrar.<\/p>\n<p>Recuerdo sus senos de ni\u00f1a y sus hombros redondeados cuando de pronto, sin sorpresa alguna por su parte y, por supuesto, sin ning\u00fan comentario entre ellos, les vi izar por fin el cuerpo y dejarlo caer sobre el asfalto, ya en la oscuridad sin luna, un poco m\u00e1s blando, un poco m\u00e1s suave que un cuerpo de mujer porque, y eso s\u00ed que lo recuerdo muy bien, despu\u00e9s de todo no era una mujer, sino apenas una sirena con la cola de plata y verde como el bronce oxidado de las campanas. Fue en ese mismo instante cuando se arrodillaron y uno de los dos, el m\u00e1s viejo, volvi\u00f3 la cabeza hacia m\u00ed y me hizo un gesto para que me acercara porque sin duda, \u00e9l tambi\u00e9n me hab\u00eda estado observan\u00addo y, entonces, recuerdo que pens\u00e9 casi sin darme cuenta que era un hombre demasiado flaco para tener fuerzas y no porque creyese que pudiera hacerme da\u00f1o porque no era as\u00ed, su cara parec\u00eda bondadosa, sino porque si hubiera estado en su lugar, yo no habr\u00eda deseado testigos de aquella labor sangrienta cuando de debajo de la lengua le arranc\u00f3 el anzuelo mientras ella boqueaba todav\u00eda, inm\u00f3vil de la cintura para arriba en tanto que su cola vibr\u00e1til golpeaba el suelo.<\/p>\n<p>Y recuerdo que aquel sonido <i>tap, tap, tap<\/i> de nuevo <i>tap, tap, tap<\/i> cincel\u00f3 su dolor en mi alma para toda la eternidad, hasta hoy.<\/p>\n<p>Pilar Salamanca en la C\u00e1tedra M. Delibes<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El malec\u00f3n, por Pilar Salamanca A Manuel Mendive, pintor cubano \u00a0\u00a0 Recuerdo que hab\u00eda un ch\u00e9vrolet rojo destartalado y viejo de quinta mano estacionado a pocos pasos y una bicicleta tirada sobre el bordillo, derrengada m\u00e1s bien, con las llantas plateadas de puro pulidas y el manillar vuelto sobre s\u00ed mismo en una inveros\u00edmil pirueta met\u00e1lica. Recuerdo que, por alguna raz\u00f3n, la luz del atardecer parec\u00eda conversar con el agua intercambiando part\u00edculas de sal y meci\u00e9ndose sobre las olas murmurando s\u00ed o no o yo creo mientras la espuma se agrupaba sobre sus crestas como puntillas de crinolina indomable y flexible al mismo tiempo, en direcci\u00f3n al Malec\u00f3n. Recuerdo haber caminado muy deprisa desde el hotel, pero ahora trotando, cruzar la calzada camino del agua, pasar al lado del ch\u00e9vrolet y dejar atr\u00e1s la bicicleta para acercarme luego al muro donde se abismaban los ojos del uno en los ojos de la otra y en su fondo l\u00edquido, los besos de aquella pareja de enamorados negro \u00e9l, ella mulata, antes de desanudarse y desaparecer paseo abajo. 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