{"id":774,"date":"2013-03-13T18:52:57","date_gmt":"2013-03-13T18:52:57","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=774"},"modified":"2013-03-21T22:42:38","modified_gmt":"2013-03-21T22:42:38","slug":"dos-microrrelatos-y-un-miniepilogo","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=774","title":{"rendered":"Dos microrrelatos y un miniep\u00edlogo"},"content":{"rendered":"<p><b><i>Dos microrrelatos y un miniep\u00edlogo<\/i><\/b><\/p>\n<p><a title=\"oscar\" href=\"http:\/\/www.catedramdelibes.com\/autores.php?id=790\" target=\"_blank\">\u00d3scar Esquivias<\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b><i>El joven de Gorea<\/i><\/b><\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0003.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-777\" alt=\"0003\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0003.jpg\" width=\"274\" height=\"412\" \/><\/a><\/p>\n<p>[Foto: \u00a9 <a title=\"david\" href=\"http:\/\/www.davidpalacin.es\/\" target=\"_blank\">David Palac\u00edn<\/a>]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Aquel hombre santo era capaz de borrar las nubes de los ojos de los enfermos. Para ello, soplaba sobre los p\u00e1rpados y, en los casos m\u00e1s dif\u00edciles, los untaba con una mezcla de barro y saliva. Dec\u00eda que devolver la vista era sencillo; lo dif\u00edcil era limpiar la mirada. Cuando muri\u00f3, alguien coloc\u00f3 una moneda sobre cada uno de sus ojos y despu\u00e9s se los vend\u00f3. El cuerpo r\u00edgido del hombre santo qued\u00f3 expuesto sobre una alfombra de su casa, vestido de blanco. Ten\u00eda otro pa\u00f1uelo atado a la cabeza para sujetarle la mand\u00edbula, los brazos cruzados y las mu\u00f1ecas unidas por un cord\u00f3n. Sobre el pecho, un ejemplar del Cor\u00e1n, con tapas rojas y el filo de las hojas pintado de un dorado intenso. Yo era entonces un ni\u00f1o, pero me acuerdo de todo esto muy bien (aunque mi madre dice que lo de las monedas me lo he inventado). Le enterraron en el cementerio de Ouakam, bajo la sombra de un \u00e1rbol con su tronco reci\u00e9n encalado, blanqu\u00edsimo, cerca de un muro lleno de buganvillas que aleteaban como mariposas. No se sabe qui\u00e9n lo pag\u00f3 todo (las ropas, el entierro, la l\u00e1pida). Los d\u00edas que no hay turistas en Gorea, salgo de la isla y me acerco a Dakar para visitar su tumba. Mi madre siempre dice que, cuando nac\u00ed, yo no ten\u00eda luz en los ojos y que \u00e9l me la dio con su saliva. Tambi\u00e9n puso su \u00edndice sobre mis labios y asegur\u00f3 que tendr\u00eda el don de la elocuencia. A veces pienso que sigo ciego y mudo, que en mis veinte a\u00f1os a\u00fan no he aprendido a ver y que todav\u00eda no he pronunciado las palabras que Al\u00e1, en su infinita sabidur\u00eda, ha previsto que yo, alg\u00fan d\u00eda de mi vida, diga. Mientras eso sucede, visito la tumba del hombre santo y rezo y medito all\u00ed. Cuando regreso (y esto ya ha dejado de sorprenderme), siempre encuentro en la arena de los caminos del cementerio un pa\u00f1uelo anudado con dos monedas en su interior, que luego entrego al primer mendigo que veo en las puertas del camposanto de Ouakam.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><b>2<\/b><\/p>\n<p><b><i>\u00a0<\/i><\/b><\/p>\n<p><b><i>Curso de nataci\u00f3n<\/i><\/b><\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0002.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone  wp-image-778\" alt=\"0002\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0002.jpg\" width=\"335\" height=\"221\" srcset=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0002.jpg 2712w, http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/0002-330x218.jpg 330w\" sizes=\"(max-width: 335px) 100vw, 335px\" \/><\/a><\/p>\n<p>[Foto: \u00a9 Francisco S\u00e1nchez Montalb\u00e1n]<\/p>\n<p>Aprend\u00ed a nadar el verano que mis padres se separaron. Aquel a\u00f1o no fuimos de vacaciones a San Vincenzo (donde viv\u00edan mis cuatro abuelos) y permanecimos en Florencia. Mam\u00e1 nos apunt\u00f3 a mi hermana Stefania y a m\u00ed a un curso de nataci\u00f3n en la piscina Le Pavoniere, que est\u00e1 en una suntuosa villa del Parco delle Cascine, escondida entre enormes \u00e1rboles, en el lugar m\u00e1s umbroso y fr\u00edo de la ciudad. Nuestro monitor se llamaba Davide y trabajaba de socorrista. Mi hermana decidi\u00f3 ya el primer d\u00eda que era el hombre m\u00e1s guapo del mundo y que deb\u00edamos casarle con mam\u00e1.<\/p>\n<p>Stefania ten\u00eda catorce a\u00f1os. Yo, doce.<\/p>\n<p>Las clases de nataci\u00f3n empezaban a las nueve de la ma\u00f1ana, cuando la piscina todav\u00eda no estaba abierta al p\u00fablico. Antes de zambullirnos en el agua, hac\u00edamos unas tablas de gimnasia en el c\u00e9sped. Los ni\u00f1os form\u00e1bamos un corro y Davide se colocaba en el centro para explicarnos los ejercicios. El monitor iba en traje de ba\u00f1o, llevaba el torso cubierto por una camiseta del restaurante La Magnificenza y nunca se quitaba las gafas de sol, aunque el d\u00eda estuviera nublado. Ten\u00eda unas piernas morenas, densamente cubiertas de vello. Tambi\u00e9n el ombligo, que descubr\u00eda cuando levantaba los brazos y la camiseta se elevaba como un tel\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2013Es perfecto para mam\u00e1 \u2013aseguraba Stefania.<\/p>\n<p>Una vez dentro del agua, cuando avanzaba pataleando entre las corcheras agarrado a la tabla, s\u00f3lo alcanzaba a ver las piernas de Davide. Siempre estaban all\u00ed, al borde de la piscina, como dos columnas. El monitor palmeaba para animarnos, nos gritaba \u00f3rdenes, correg\u00eda nuestras posturas, nos re\u00f1\u00eda si nos deten\u00edamos y nos agarr\u00e1bamos al brocal. Yo trataba de imaginar c\u00f3mo sonar\u00edan con su voz las frases \u00abLevantaos, hay que ir al colegio\u00bb, \u00abComed todo lo que hay en el plato\u00bb o \u00abUn beso y a la cama\u00bb.<\/p>\n<p>No s\u00e9 por qu\u00e9 (quiz\u00e1 me convenci\u00f3 de esto Stefania), pensaba que si hac\u00eda bien los ejercicios todas esas fantas\u00edas se cumplir\u00edan: Davide se enamorar\u00eda de mam\u00e1, luego se casar\u00edan y vivir\u00edamos todos juntos en casa. As\u00ed que me esmeraba en batir las piernas con ritmo, en aguantar la respiraci\u00f3n y soportar el cansancio.<\/p>\n<p>Nunca me he esforzado tanto, jam\u00e1s he puesto mayor empe\u00f1o en ninguna otra cosa.<\/p>\n<p>Cuando acababa la clase, sal\u00eda del agua aterido, temblando, con la piel azul del fr\u00edo, feliz y desazonado.<\/p>\n<p>A mediados de agosto, pap\u00e1 volvi\u00f3 a casa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><b>Ep\u00edlogo<\/b><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Mi primera vocaci\u00f3n no fue la escritura, sino el dibujo, y quiz\u00e1 por ello tengo un gran amor por las im\u00e1genes y me resultan muy inspiradoras. Hay veces que mis ideas narrativas nacen de una sensaci\u00f3n pl\u00e1stica y, as\u00ed, en mi libreta de apuntes se alternan los dibujos con las anotaciones: para mi labor posterior de escritura a menudo me resulta m\u00e1s \u00fatil el boceto pintado de un rostro que he visto por la calle que unas l\u00edneas que lo describan. Por eso, me ha resultado siempre muy enriquecedor colaborar con fot\u00f3grafos. Lo he hecho especialmente con mi querido amigo As\u00eds G. Ayerbe, con quien he publicado varios libros, pero tambi\u00e9n he trabajado con otros artistas. Los dos cuentos que presento aqu\u00ed nacieron de sendos encargos. David Palac\u00edn y Francisco S\u00e1nchez Montalb\u00e1n estaban preparando exposiciones, uno en Dakar (Senegal) y otro en Cartagena (Espa\u00f1a), y me solicitaron un texto que acompa\u00f1ara a alguna de sus fotograf\u00edas. Palac\u00edn me envi\u00f3 varios retratos muy expresivos, casi pict\u00f3ricos, de los habitantes de Gorea, la famosa isla donde siglos atr\u00e1s los negreros concentraban a los esclavos que luego enviaban a Am\u00e9rica. Los rostros de los personajes fotografiados por Palac\u00edn me cautivaron. De esos ojos y labios intensos naci\u00f3 mi cuentecito, en el que la capacidad de mirar y la elocuencia tienen tanta importancia. Por su parte, las fotos de Francisco S\u00e1nchez Montalb\u00e1n reflejan en blanco y negro paisajes cotidianos, captados con una dulce mirada ir\u00f3nica. A m\u00ed me gust\u00f3 especialmente la imagen de las pantorrillas del <i>David<\/i> que se encuentra en la plaza de la Se\u00f1or\u00eda de Florencia. Me record\u00f3 mi ni\u00f1ez, cuando yo entrenaba en las piscinas de Burgos, en un equipo deportivo que llevaba el sonoro nombre de \u00abSalvamento y socorrismo\u00bb (yo nado muy mal y hoy no ser\u00eda capaz de salvar ni a un gorrioncillo). En alg\u00fan sitio de mi memoria estaban las piernas del entrenador al borde de la piscina, esbeltas e inalcanzables, y con ellas el germen de esta historia florentina.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dos microrrelatos y un miniep\u00edlogo \u00d3scar Esquivias &nbsp; El joven de Gorea [Foto: \u00a9 David Palac\u00edn] &nbsp; Aquel hombre santo era capaz de borrar las nubes de los ojos de los enfermos. Para ello, soplaba sobre los p\u00e1rpados y, en los casos m\u00e1s dif\u00edciles, los untaba con una mezcla de barro y saliva. Dec\u00eda que devolver la vista era sencillo; lo dif\u00edcil era limpiar la mirada. Cuando muri\u00f3, alguien coloc\u00f3 una moneda sobre cada uno de sus ojos y despu\u00e9s se los vend\u00f3. El cuerpo r\u00edgido del hombre santo qued\u00f3 expuesto sobre una alfombra de su casa, vestido de blanco. Ten\u00eda otro pa\u00f1uelo atado a la cabeza para sujetarle la mand\u00edbula, los brazos cruzados y las mu\u00f1ecas unidas por un cord\u00f3n. Sobre el pecho, un ejemplar del Cor\u00e1n, con tapas rojas y el filo de las hojas pintado de un dorado intenso. Yo era entonces un ni\u00f1o, pero me acuerdo de todo esto muy bien (aunque mi madre dice que lo de las monedas me lo he inventado). Le enterraron en el cementerio de Ouakam, bajo la sombra de un \u00e1rbol con su tronco reci\u00e9n encalado, blanqu\u00edsimo, cerca de un muro lleno de buganvillas que aleteaban como mariposas. No se [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":25,"featured_media":783,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"ngg_post_thumbnail":0},"categories":[45],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/774"}],"collection":[{"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/25"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=774"}],"version-history":[{"count":8,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/774\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1092,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/774\/revisions\/1092"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/783"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=774"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=774"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.subverso.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=774"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}