{"id":940,"date":"2013-03-19T22:15:05","date_gmt":"2013-03-19T22:15:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=940"},"modified":"2013-04-20T19:58:47","modified_gmt":"2013-04-20T19:58:47","slug":"940","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.subverso.es\/?p=940","title":{"rendered":"El santo ambulante"},"content":{"rendered":"<p>EL<a href=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/311590_433401356682712_1707804418_n.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"size-full wp-image-944 alignleft\" alt=\"311590_433401356682712_1707804418_n\" src=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/311590_433401356682712_1707804418_n.jpg\" width=\"327\" height=\"245\" srcset=\"http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/311590_433401356682712_1707804418_n.jpg 480w, http:\/\/www.subverso.es\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/311590_433401356682712_1707804418_n-330x247.jpg 330w\" sizes=\"(max-width: 327px) 100vw, 327px\" \/><\/a> SANTO AMBULANTE, por <a href=\"http:\/\/www.menoscuarto.es\/autor\/jose-manuel-de-la-huerga\/\" target=\"_blank\">Jos\u00e9 Manuel de la Huerga<\/a><\/p>\n<p align=\"right\">Para Antonio Pereira, que pase\u00f3 esta r\u00faa algunos a\u00f1os antes que yo<\/p>\n<p>El mercado de los jueves impregna la r\u00faa de olor a ajo. Las caras de los vendedores son terrosas, casi rostros de patata, de pimiento rojo. Las mujeres pasean al acecho, regatean y compran exaltadas. Bajo los toldos que se chocan en el centro del cielo, se muestran sus adquisiciones unas a otras, cuchicheantes, ladinas, jubilosas.<\/p>\n<p>Entre el puesto de cintas de casete de rumba y copla y el de corseter\u00eda lleve tres y pague dos se coloca el librero. Su puesto por lo general est\u00e1 vac\u00edo. Alguna vez do\u00f1a Marcela, mujer espigada de mo\u00f1o prieto y alto, de riguroso negro, se deja caer y solicita un <i>camino de perfecci\u00f3n <\/i>o<i> una perfecta casada<\/i>.<\/p>\n<p>Hace algunos a\u00f1os este librero ambulante se negaba a la tenencia y especulaci\u00f3n con esta literatura piadosa, pero haciendo de la necesidad virtud, carg\u00f3 la furgoneta con sermones, misales y vidas de santos de pasta dura y canto dorado. Pasa cada jueves, eso s\u00ed, don Gildo, el cura p\u00e1rroco, por el puesto para dar su <i>nihil obstat<\/i> escrutador o preguntar por una vida de san Mart\u00edn de Porres. Con el benepl\u00e1cito de la curia local, las hagiograf\u00edas le garantizan al librero el sustento imprescindible, y el prescindible. Incrementa algo los ingresos con la venta de estampitas de v\u00edrgenes y santos en d\u00edas de pascua, a las que se solapan, sin querer y rebuscando, hero\u00ednas del cine en atuendo de Eva.<\/p>\n<p>Este librero cincuent\u00f3n, de chaqueta de pana y pantal\u00f3n parcheado en la entrepierna, vive solo. Abandon\u00f3 en los primeros sesenta oficina de seguros, novia a punto de vicar\u00eda y cuatro paredes sedentarias por no sabe todav\u00eda muy bien qu\u00e9 v\u00e9rtigo del lunes y ansias de kil\u00f3metros. En el mundillo de los ambulantes es conocido como <i>el Santo<\/i>, por razones obvias. Todos lo estimas y respetan. Siempre se le encarga negociar con alcaldes los d\u00edas feriados, la subida de tasas municipales por enero y las calles m\u00e1s c\u00e9ntricas donde colocar tenderetes. Es especialmente ma\u00f1oso en contener la subida de algunas tasas, o compensar dicha subida dolorosa con los mejores soportales al abrigo del viento y de la lluvia.<\/p>\n<p>Maruja, la reina mora de la quincalla, dos puestos m\u00e1s abajo en direcci\u00f3n al r\u00edo, en invierno le prepara una lata generosa, de las de escabeche, llena de brasa tibia. A media ma\u00f1ana el Santo esconde una patata entre la ceniza incandescente. Con sal y una pica de pimienta negra es su mejor bocado, no lo cambia por ninguno de la mesa del rey. Y sigue leyendo y escribiendo en ese dietario que le regala cada a\u00f1o por navidades un amigo anticuario de la capital. Es reservado en los asuntos de la escritura, muy a pesar de don Gildo. El cura se muere por leer, y cuando insin\u00faa alguna inquisici\u00f3n ladeada, el librero responde, <i>vaguedades, se\u00f1or cura, ni\u00f1er\u00edas de viejo\u2026<\/i><\/p>\n<p>Nadie hasta la fecha ha entrado en la furgoneta, que en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n hace oficio de vivienda. Tras las ventanas traseras dos cortinas floreadas impiden la visi\u00f3n del curioso. Nadie le asiste en el trabajo de carga y descarga de ejemplares, es siempre el primero en montar la librer\u00eda y el \u00faltimo en recoger el \u00faltimo anaquel. Los vecinos comentan oficio tan esclavo, manejando b\u00e1rtulos hasta bien entrada la madrugada. \u00c9l se confiesa son\u00e1mbulo irredento, vicio de soltero sobre el que nadie manda. A veces se le sorprende dormitando a media jornada con un libro ca\u00eddo entre las manos, a pesar de la rumba que aporrea los t\u00edmpanos.<\/p>\n<p align=\"center\">***\u00a0\u00a0 ***\u00a0\u00a0 ***<\/p>\n<p>Hoy hace siete d\u00edas que El Santo ambulante ingres\u00f3 en el hospital comarcal con una angina de pecho. El tabaco, la intemperie, las copitas, las costumbres desordenadas de un soltero\u2026 le rega\u00f1\u00f3 afectuosamente el m\u00e9dico, mirando para Maruja, la reina mora de la quincalla, que le acompa\u00f1aba en calidad de vecina de toda la vida, algo as\u00ed como madre o esposa postiza.<\/p>\n<p>No le ha quedado otra que confiarle a la anticuaria la llave del veh\u00edculo y vivienda, su vida toda, por si vinieran maldadas y hubiera que tomar decisiones delicadas. En sus manos he puesto mi esp\u00edritu, pens\u00f3 el Santo. Y a rengl\u00f3n seguido, y matizando: si le ocurriera algo, s\u00f3lo si algo irreversible le sobreviniera, encontrar\u00edan entre sus efectos las \u00faltimas voluntades.<\/p>\n<p>Don Gildo en el mercado est\u00e1 a la que salta, anda zumbando a la gitana con que le deje echar una ojeada, por el bien de sus almas. Pero ya tiene preparada para el siguiente apret\u00f3n, si la mujer se hace fuerte, la pena de excomuni\u00f3n. No hace falta empujar mucho m\u00e1s. Maruja se muere de ganas de probar la llave del sagrario. A lo mejor cura y quincallera encuentran la direcci\u00f3n de un familiar lejano a quien poner sobre aviso.<\/p>\n<p>Han abierto las puertas traseras del cuatro latas con ceremonial atragantado. Sorprenden absoluto desorden: libros y ropas ca\u00eddos sobre un colch\u00f3n que sirve como cama. Una botella de co\u00f1ac mediada impregna de alcohol barato el cub\u00edculo. Suciedad manoseada detiene el tiempo sobre pastas y lomos de libros amontonados en precario equilibrio. El aire viciado impide que la luz interior se renueve. A la espalda del asiento de conductor un peque\u00f1o sagrario de iglesia provoca a don Gildo con sus hojas de motivos b\u00edblicos fielmente selladas. El cura \u2013 a \u00e9l resist\u00edrsele un sagrario- encuentra la llavecita colgada de hilo invisible en la trasera del armario. Abre y dentro descubre una peque\u00f1a imprenta escolar con generosas variedades tipogr\u00e1ficas, tintas y tampones, gomas de encolar, hilo y aguja, hasta una resma de papel sagrado\u2026 Junto al sagrario se apilan los dietarios de los \u00faltimos quince a\u00f1os. Don Gildo abre al azar uno:<\/p>\n<p><b>3 de octubre de 1974<\/b>: Don Gildo ha adquirido los <i>Sermones<\/i> de Fray Luis de Granada. En las p\u00e1ginas 10, 20, 30 y sucesivas en decenas introduzco las principales <i>Tesis de filosof\u00eda de la historia<\/i> de Walter Benjamin.<\/p>\n<p>El cura, aniquilado, temblando, retrocede unas p\u00e1ginas:<\/p>\n<p><b>15 de setiembre de 1974<\/b>: Do\u00f1a Marcela ha adquirido una <i>Vida de Santa \u00c1gueda bendita<\/i>. Las partes centrales de la hagiograf\u00eda han sido refundidas con los fragmentos m\u00e1s chispeantes de <i>Delta de Venus<\/i> de Ana\u00efs Nin. Hasta el momento lo considero mi mejor trabajo.<\/p>\n<p>En la \u00faltima p\u00e1gina, antes de desmayarse, el cura alcanza a leer:<\/p>\n<p align=\"center\">Decimocuarto a\u00f1o de la Revoluci\u00f3n Silenciosa<\/p>\n<p align=\"center\">LAUS HOMINI<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>EL SANTO AMBULANTE, por Jos\u00e9 Manuel de la Huerga Para Antonio Pereira, que pase\u00f3 esta r\u00faa algunos a\u00f1os antes que yo El mercado de los jueves impregna la r\u00faa de olor a ajo. Las caras de los vendedores son terrosas, casi rostros de patata, de pimiento rojo. Las mujeres pasean al acecho, regatean y compran exaltadas. Bajo los toldos que se chocan en el centro del cielo, se muestran sus adquisiciones unas a otras, cuchicheantes, ladinas, jubilosas. Entre el puesto de cintas de casete de rumba y copla y el de corseter\u00eda lleve tres y pague dos se coloca el librero. Su puesto por lo general est\u00e1 vac\u00edo. Alguna vez do\u00f1a Marcela, mujer espigada de mo\u00f1o prieto y alto, de riguroso negro, se deja caer y solicita un camino de perfecci\u00f3n o una perfecta casada. Hace algunos a\u00f1os este librero ambulante se negaba a la tenencia y especulaci\u00f3n con esta literatura piadosa, pero haciendo de la necesidad virtud, carg\u00f3 la furgoneta con sermones, misales y vidas de santos de pasta dura y canto dorado. 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