TRES TIGRES DESENTERRADOS
Ángel Vallecillo

TRES TIGRES DESENTERRADOS
Ángel Vallecillo

Mi entrañable amiga, María Corina, editora accidental de la revista siglo XXI y corazón pensante de la irreverente Naustik Fanzine (publicación a quien me une, además de otros intereses inconfesables, nuestra común pasión por la Apotemnophilia), me convenció para que colaborase en este último número impreso de la revista. Su petición fue precisa y concluyente: un ensayo sobre tres novelistas del pasado siglo XX. Tres mil palabras. Tres días.
Tres. Tres mil. Tres.

No creo en las listas, ni en los premios literarios ni en los clubes de lectura. No creo en el propio orden; ni siquiera creo en los novelistas (becerro de oro de la literatura moderna), así que ponerme a elegir y a ordenar tres nombres me resulta tan incómodo como frívolo, aunque pudiera resultarle útil a los lectores. Sin embargo creo poder cumplir este encargo sin contradecirme rescatando del ostracismo a tres grandes y desconocidos creadores del XX. Tres escritores que permanecen olvidados o conscientemente enterrados: Miguel Drexler, Norman Harvey y mi admirado amigo, también fallecido, Carlos Brutti.

Miguel Drexler
Miguel Drexler nació en Valencia (España), en 1874 y debería pasar a la historia de la literatura como el primer terrorista de la lengua. Drexler fue un visionario de la escritura experimental empeñado en desmontar los principios clásicos de la literatura porque los consideraba rígidos, superfluos y apoyados en exceso (o únicamente) en lo narrativo. Antes de defender ideas tan reaccionarias, Drexler triunfó comercialmente con siete libros de absoluta perfección formal (1) e intelectual, lo que le condujo en 1931 a la dirección de la Real Academia Española, con el voto unánime y entusiasta de todos sus miembros, quienes hacía años que pronunciaban su nombre con orgullo en los congresos internacionales.
Los engañó a todos.
En su discurso de aceptación del cargo como director de la RAE, titulado Con el coño en la tintorería, Drexler renunció a toda su obra hasta la fecha y anunció, con voz serena, que abandonaba las formas clásicas de expresión e iniciaba su cruzada contra la tiranía de la lengua, pues consideraba que hasta entonces su ingenio había estado constreñido por los absurdos formalismos y los rancios gustos de los académicos, de la crítica y de público, lo que le había impedido crear con plena libertad. En el cóctel que se celebró al final del acto, don Manuel Azaña, entonces Ministro de la Guerra, se acercó a un grupo de académicos aún atónitos y aterrorizados ante lo que acababan de escuchar de voz de su nuevo director. Don Manuel Azaña abrió un hueco en el círculo de académicos, tomó por el codo al decano y con una amplia sonrisa pronunció su famosa frase: la habéis cagado.

La primera publicación de Drexler, ya como director de la RAE, fue Hubiérase el hijoputa, libro que provocó el sonrojo de la Academia y una ensordecedora polémica entre escritores y críticos en la prensa de 1933. El escándalo llegó al Parlamento, donde hubo de discutirse sobre los límites de la libertad de expresión y provocó la caída del ministro de Bellas Artes don Marcelino Sanjuán, hombre de confianza, entonces, del Presidente Alcalá Zamora. Drexler vomitó en Hubiérase el hijoputa cien páginas en las que se sucedían idénticas estructuras de frases cortas, compuestas por un verbo en tiempo subjuntivo acompañado de un taco, que unas veces hacía de sujeto y otras no. Un galimatías incomprensible y absurdo que dejó a la crítica no solo sin palabras, sino también sin argumentos con que defenderle.
Durante sus cinco años como director de la RAE, Miguel Drexler produjo una obra irreverente y revolucionaria, empeñado en dinamitar la belleza del lenguaje y sus formalismos con la minuciosidad de un criminal, obsesionado por el cuanto peor mejor hasta producir ensayos inclasificables que le valieron el odio, no solo de la Academia, de la crítica y del público, sino el espanto de sus propios seguidores, conocidos vulgarmente como los acarroñados (2), a quienes Drexler siempre defendió como soldados que luchan por la libertad del individuo. Miguel Drexler fue un gamberro divino que disfrutó reventando las normas. En 1935, su último año como director de la Academia, publicó su obra más polémica y ambiciosa que le apartó definitivamente del mundo: una versión libre de El Quijote, escrita en colaboración con el joven matemático Arsenio Conde (3). Drexler sustituyó cada palabra de El Quijote por una cifra asignada en relación a su posición alfabética en el Diccionario de Sebastián de Covarrubias, de 1611, sustituyendo las que no constaban por números imaginarios. Así, Don Quijote de la Mancha, se leía 9715 55151 9002 14445 1+ 5i  (4). El escándalo fue monumental. La Academia, (con la colaboración de todas las fuerzas vivas del país, incluida la propia madre del autor, doña Bernarda Drexler) hizo lo imposible por apartarle del cargo, pero él se atrincheró defendiendo que fue elegido no solo con el derecho sino con la obligación de velar por la salvaguarda y enriquecimiento del idioma, que era exactamente lo que estaba haciendo. Y añadió: no obstante, tengan por seguro que si por casualidad mañana me regalaran una bomba, el primer sitio al que se me ocurriría traerla es aquí.

En su discurso de despedida no se le comprendió ni una sola palabra; ahora, tras analizar lo escrito (5), muchos estamos de acuerdo en que el discurso estaba escrito en español, aunque fuera un español inventado e incomprensible para nadie que no fuera él. Miguel Drexler murió en Varsovia. Exiliado, solo, arruinado. Durante estos sesenta años, las propias editoriales se han encargado de enterrar sus libros experimentales, obras complejas llenas de exabruptos contra la ortografía y la sintaxis y de raras defensas del sustantivo desnudo sin complementos superfluos que desvirtúan la lengua, como los adverbios terminados en mente y los adjetivos, a los que tachaba de falsarios por su inexactitud a la hora de representar nuestra percepción de la realidad.
Un genio.

Norman Harvey
Lo que pocos saben del extravagante Norman Harvey (Dublín, 1932) es que odiaba escribir.
En el verano de 1989, afincado en Barcelona mientras trabajaba en la sexta y última corrección de Furiasis, tuve la fortuna de conocer personalmente a Malo Trando, el magnífico escritor y mejor director de la editorial Atenea, quien trató íntimamente a Norman Harvey y publicó sus mejores obras en esta editorial desde 1966 hasta su muerte. La obra literaria de Malo Trando, quien murió el año pasado en el anonimato informativo (no recuerdo más que un brevísimo obituario en El País y otro de F. Herrero en El Norte de Castilla), es también digna de estudio, en especial su realista y certero soliloquio sobre la muerte (6). Pero su carrera como novelista se truncó tras embarcarse en la dirección de Atenea, donde demostró la solvencia de esa estirpe, ya desaparecida, de escritor-director de editorial, antes de que desembarcara la caterva de abogados y economistas que gestionan hoy los gustos literarios del público. Valga como ejemplo que fue Malo Trando quien defendió con los puños y el corazón la obra de la entonces desconocida María Inez, quien tras la publicación de Maraíso (novela que a Trando le valió su segunda y definitiva salida del negocio) recibió el prestigioso premio Lisa Gorcus y, dos más tarde, el premio Cervantes; sin embargo, tras tantos premios y galardones, ningún cargo de la editorial Atenea fue capaz de levantar el teléfono para felicitarle por aquella elección que sacó a la editorial de la bancarrota.
Me entrevisté con Malo Trando en el café La Espiga, en Barcelona. Me acompañaban Bioy Casares, que estaba de visita, y Francisco Umbral, quien era un admirador tanto de Norman Harvey como de Trando, sobre todo de su faceta editorial.
⎯Lo único que parece interesarle hoy a la crítica es resaltar los gustos sexuales de Norman Harvey ⎯dijo Trando⎯, pero lo que nadie sabe de Norman es que no le gustaba ni escribir ni follar; lo que en verdad le apasionaba era leer, pero su problema era que con casi nada de lo que leía disfrutaba. Por eso escribía, para releerse.
Malo Trando era una rara mezcla de hombre de negocios y de dandy furioso. Cuando se quitaba las gafas los recuerdos le brillaban con más luz, aunque siempre parecía ausente, como si le avergonzara tener que recordar las miserias de su amigo Harvey:
⎯Le encantaba la música, sobre todo el rock, pero tenía un gusto pésimo. Unos años antes de que se esfumara me dijo, yo creo que mofándose de Woody Allen, que sólo había cuatro instantes del rock que verdaderamente le interesaran: el sonido de batería de la canción Roxanne, de The Police; el silencio seco de dos segundos de Flower, la canción desconocida de Elvis Presley; el primer minuto del Touch too much, de AC/DC, y la voz de Tom Waits en directo.

Según el Diccionario de escritores malditos, de Milton Marelli, (Ed. Pinpiani, Italia, 1994, pág 545 ) “(Norman Harvey) … vivió acosado por el fantasma de su padre, Reginal Harvey, un diplomático británico que lo educó en su infancia con disciplina y austeridad para la literatura (…) de niño lo ataba con correas a la silla hasta que no terminara de escribir, costumbre que Harvey ya no abandonaría nunca.
⎯Nunca vi trabajar a Norman en su despacho ⎯nos contó Trando⎯, así que no puedo confirmar si escribía atado o no. Sí sé, porque me lo contó su hermana, que se levantaba continuamente para lavarse las manos, cada dos o tres renglones, seguramente porque su padre, que en su infancia le obligó a escribir con tintero y pluma, acostumbraba a romperle los folios por el más nimio borrón… Lo curioso es que Norman escribía a máquina desde 1954.

Su padre era un gran admirador de Cervantes, lo que explica la animadversión de Harvey por El Quijote y por todo lo español. Rechazó la pintura de El Greco hasta que alguien le dijo que no era español, y al contrario le sucedió con Picasso, al que creía francés. Le fallaba la memoria y eso fue lo que originó todo: cuando releía sus obras, pasados los años, se sorprendía por alguna frase que no recordaba haber escrito y disfrutaba secretamente de ella; decía enfrentarse entonces a su obra con la misma verdad que a la de los demás. Obsesionado por esta idea, Norman Harvey empezó a beber para trabajar en estados de seminconsciencia que le permitieran leer, a la mañana siguiente, frases e incluso párrafos completos que no recordaba haber escrito, disfrutando de la frescura de la primera vez, lo que le permitía analizarse desde fuera, aprovechándose de las ventajas que esto implica. Convencido de esta técnica de escritura, quiso llegar más lejos y se propuso escribir una novela sin ser consciente de ello:
⎯Bebía y se drogaba hasta perder el sentido⎯nos explicó Trando⎯ y sólo entonces se sentaba a escribir (7); en cuanto era consciente de estar escribiendo, paraba y volvía a beber. Así pasó nueve meses, sin releer una línea, incapaz de recordar ni el tema de la novela ni a sus protagonistas; ni siquiera una sola palabra. Cuando mecanografió el último folio metió la novela en un sobre y me la envió junto a una nota. Estimado Maal (sic). Acabo de terminar esta novela. No sé de qué trata, no sé cómo está escrita ni recuerdo una sola palabra de ella. Si la publicas te ruego lo hagas con otro nombre, en una pequeña editorial y sin mi conocimiento. Gracias. Tu amigo.

Trando llevaba la nota en el bolsillo y nos la dejó ver, pero cuando Umbral la quiso tener en sus manos, se la guardó en la cartera con avaricia.
—Pensé que se trataba de una broma ⎯continuó Trando⎯, pero me encontré con él dos días más tarde y me di cuenta de que ni sospechaba habérmela enviado. Creo que temía haberla quemado en un arrebato de la borrachera. Publique Morphia tal y como me lo pidió: sin comunicárselo y bajo un seudónimo; el nombre de Alister lo tomé prestado del satanista. La crítica se volvió loca con el libro, pero fue un fracaso de ventas (8). Tres meses después, Norman me llamó agitadísimo. “Malo, Malo, ¿has leído esa barbaridad maravillosa de Morphia? ¡El tal Alister es un puto genio! ¡Es lo mejor que he leído en mi vida! Suena cómico, pero no lo fue. Después todo se estropeó. Cuando meses después le confesé que él era el creador de Morphia, se deprimió hasta lo enfermizo. Se flagelaba porque no lo consideraba suyo; le emocionaba leerlo, sí, y le parecía genial, pero se lamentaba por no haber estado consciente mientras lo hacía, pues, según él, la verdadera paternidad de un texto estaba en la conciencia de qué, cómo y por qué se está creando. La intención, Malo, lo que cuenta es la intención. Yo tampoco juego a los dados. Y un día se esfumó.

Nos quedamos charlando hasta el atardecer, bebiendo vino blanco mientras evocábamos las leyendas sobre su destino, todas ellas falsas y destinadas a ensalzar el mito. Umbral, quien sentía una irremediable propensión al romanticismo, nos recordó la leyenda de Mayhem donde defiende que Norman Harvey está vivo y que prepara un extenso trabajo sobre creación literaria. Malo Trando nos abrió los ojos y nos contó que Norman murió en Bangkok drogado hasta las cejas, convencido de que tras la inconsciencia narcótica se escondía el intelecto de Dios.

Carlos Brutti.
Pero el caso más extremo de los tres es el del inmenso y desconocido Carlos Brutti (Buenos Aires, 1904-99), un escritor tan prolífico e innovador que no sólo no llegó a publicar, sino que no escribió ni una sola línea en su vida. Carlos Brutti, a quien conocí el 14 de Agosto de 1984, escribió desde los treinta años hasta su muerte, a los noventa y cinco, una novela cada día, es decir, un total de 23.000 novelas, todas ellas en la cabeza, palabra por palabra, con la minuciosidad de un miniaturista. Fuimos amigos y ha sido el único hombre al que he envidiado por su independencia y por su paz. Sé que muchos de mis colegas consideran mi admiración por Brutti el apéndice extravagante de mi gusto literario, pero para mí él fue uno de los grandes; no sólo de este siglo.

El 12 de Octubre de 1992, nos reunimos cinco amigos en la casa que Alfredo Alberto Cárdenas tiene en Rosario, muy cerca del Museo de Ciencia Natural. Dos de aquellos amigos ya han muerto (9), y otro no me habla desde aquella reunión. Hablábamos de Calvino y de L´Oulipe, cuando se presentó Brutti, a quien yo había invitado sin saberlo los demás. Augusto Salazar, quien a pesar de su éxito en Europa a mí siempre me ha parecido un creador ramplón aunque con oficio (le acompañó la suerte con su libro sobre la posguerra), nos habló de una nueva novela de ciencia ficción en la que llevaba tiempo trabajando: la Tierra se había detenido por rozamiento, al estilo clásico de Newton, y el planeta había quedado dividido en dos mitades: una en sombra y otra iluminada. La civilización había desaparecido, pero un pequeño grupo de supervivientes consigue poner de nuevo la Tierra en rotación mediante tres explosiones nucleares en la línea del ecuador, pero se equivocan en el sentido de rotación, y entonces los supervivientes, en vez de envejecer, comienzan a rejuvenecer (10). Todos callamos, pero, para mi sorpresa, el siempre tímido Brutti, intervino en la conversación:
—Escribí una novela con una trama semejante hace veinticuatro años, exactamente el 4 de Junio de 1968, pero la abandoné hacia la medianoche, a punto de terminarla, cuando descubrí que un sistema gravitacional rotacional se colapsa cuando uno de los elementos se detiene. Es una de las diez novelas que no conseguí terminar.
Brutti lo enunció con su santa inocencia, pero la conversación se torció sin remedio. Salazar se lo tomó como un desprecio y le reprochó ser un farsante que jamás había escrito una línea, sentenciando que quien no escribía no era escritor. Brutti defendió haber escrito aquella novela mentalmente, eligiendo cuidadosamente cada palabra, armando cada párrafo. No solo eso, añadió, sino que las recuerdo todas, palabra por palabra, y si el insigne Salazar quiere servirme de médium, tendré mucho gusto en dictárselas para que queden escritas, pues al parecer es el papel escrito lo único que le importa.
Yo era el único que conocía bien a Carlos Brutti y sabía que no hablaba por hablar. Escribía sus novelas, de veinte a treinta mil palabras, a lo largo del día, con la perseverancia y olfato de un perro perdiguero, pues ya entonces, al menos para mí, era el escritor más completo de su generación. Mis colegas se alinearon con Salazar (todos le tenían miedo), quien se negaba a reconocer que una novela en la que llevaba seis meses trabajando y documentándose ya estuviera escrita en la mente de un iluminado que imagina que escribe. La discusión sobre si una novela existía antes, mientras o después de escribirla quedó zanjada, al menos por lo que a mí respecta, cuando Carlos Brutti, ante el asombro de todos, extendió una servilleta de papel y escribió de un tirón veinticinco enfermedades humanas comunes a la carencia de luz solar, una segunda columna con la lista de las únicas diecisiete especies vegetales que podrían sobrevivir sin ciclos día-noche, y rematándolo con las fórmulas que había utilizado para calcular tanto la temperatura en cada cara de la Tierra bajo aquellas condiciones, como del empuje necesario para poner de nuevo a girar el planeta. Salazar miró de reojo una de las fórmulas y se quedó lívido, se levantó de la mesa y desde entonces se refirió a mí como el amigo del judío; religión, por cierto, de la que Brutti se mofaba.

Carlos Brutti murió viejo y lúcido. Unos meses antes de su muerte traté de convencerle para que me dictara una decena de aquellas novelas, las que él considerara las mejores, algo que pudiéramos publicar.
—Para qué, amigo Vallecillo.
—Para los demás, Carlos. Porque eres uno de los grandes, y quienes lo necesiten tendrán un buen ejemplo en el que mirarse.
—¿Un ejemplo? ¿Uno de los grandes? Ustedes los escritores son todos unos inseguros y unos egocéntricos. No quieren escribir, sino engañar. Nunca he necesitado poner nada por escrito. Yo no soy un escritor— y añadió, con su acidez pausada— Esas pendejadas las dejo para ustedes.

Ángel Vallecillo
Playa Paraíso, 30 de marzo de 2013.

1. Miguel Drexler renunció tras su nombramiento a estas siete primeras obras porque las consideraba escritas bajo coacción. Confesó que su único propósito había sido alcanzar la fama para ocupar una atalaya desde la que instaurar el terror. Sus dos obras más completas de esta primera época son Anticristo (un falso ensayo magistralmente enhebrado en el que identificaba a la Iglesia católica con el demonio bíblico) y Lázaro, Homo Erectus, una novela corta, con influencias de las narraciones orientales anteriores al siglo III, en la que narra las peripecias de Lázaro, un don Nadie que abandona empleo, familia y creencias por considerarlas limitaciones formales de la sociedad que coartaban la libertad de pensamiento. Sin querer desvelarles su final, Lázaro termina en su vejez comprobando que ha llegado a las mismas contradicciones y limitaciones por caminos aparentemente contrarios.
2. El mal gusto de Miguel Drexler. Angel Pontes. Periódico ABC, 12 de agosto de 1935, pág 12. Como contestación a este artículo, Drexler envió al ABC la carta abierta Los anticristos (no publicada por el periódico), donde defendía con virulencia e ironía sus tesis y a sus partidarios.
3. La trágica vida de Arsenio Conde (1913-1985) merecería un libro aparte. Este joven manchego sufría de una rara enfermedad cerebral que le hacía comprender y explicar el mundo mediante números. Era capaz de escribir de un tirón 5.000 dígitos del número Pi, mediante un artificioso viaje visual por su memoria, o de hablar con cifras en vez de con palabras. Arsenio Conde protagonizó una de las cuatro historias del documental La Memoria Prodigiosa, dirigido por Avelyn Mulder para la BBC, en 1983. Arsenio Conde murió, solo y enloquecido, en un albergue de París. En la redacción de El Quijote cifrado, Arsenio Conde llegó a memorizar 10.000 palabras en forma de cifra, y al terminar el trabajo era capaz de leer El Quijote traduciéndolo simultáneamente a números.
4. Esta obra no llegó a publicarse por la cobardía de los editores ante las presiones políticas, pero diez años más tarde fue reivindicada por los Plásticos de Bremen como una obra maestra de las artes gráficas. En la actualidad, el original de El Quijote Numérico, o 9715 55151 9002 14445 1+i, ocupa un lugar de privilegio en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, entre las piezas Garbo, de Gargallo, y el collage Judíos, de Lee Roy.
5. Ni escapo ni supe dónde, págs 112 a 127. Discursos, 1934-38. Miguel Drexler. Ed. América. Colección Ficciones.
6. Soliloquios. Malo Trando. Ed. Anagrama, 1991, colección Andanzas.
7. Sobre las drogas y estimulantes que Norman Harvey utilizó para crear sus obras, existe un interesante artículo en la revista argentina Libres malditos, Nº448, págs 74-79, firmado por N. Nimanés, en el que se describe, con un detalle cristalino, tanto las proporciones que Norman seguía en la mezcla de alcoholes, como absenta y anís, como los fármacos y drogas que utilizó: opio, peyote, nazincodeína…
8. Morfia era un libro anticomercial para los gustos europeos y americanos de los 70. Se publicó tal y como su autor lo dejó escrito: plagado de erratas, descoordinaciones e incongruencias. En 1994, se publicó una segunda versión de Morfia, revisada y más asequible para el gusto del público, pero su familia, propietaria de su obra, consiguió retirarla del mercado.
9. En realidad son tres, pues además de César Pelayo y Wildfradio del Río, el autor parece olvidarse del propio Augusto Salazar, quien murió en Buenos Aires en 1999. (N. de la ed.)
10 Augusto Salazar abandonó la novela después de la conversación con Brutti. La leyenda dice que aterrorizado por la posibilidad de que Brutti llegara a escribir la suya y la posteridad las comparara. Esta novela inconclusa fue publicada por su familia, una vez muerto, en el libro Obras Completas de Augusto Salazar, editorial Difácil, 2011, bajo el título El fin del Mundo, págs 457 a 529.