LAS PLASENCIAS DE ÁLVARO VALVERDE

Álvaro Valverde, Plasencias, De la Luna Libros, Colección Luna de Poniente, 2013. 80 pp.                               PORTAD~1

 

El año pasado, a propósito de su antología ‘Un centro fugitivo’, apuntaba que aun siendo un poeta reconocido, con varios premios punteros y presencia en algunas de las analectas últimas más prestigiosas, Álvaro Valverde no ocupa a mi juicio el lugar que se merece en el canon de la poesía española actual. Y que por eso se trataba de una recopilación necesaria. Ahora me parece que como me suele pasar, bien sea por pudor o por falta de generosidad, sin duda me quedé corto, porque me ha venido a la cabeza, vete a saber por qué, el preámbulo de una canción ya no sé si de Silvio Rodríguez o de Pablo Milanés en la que, con su voz arrastrada, Julio Cortázar establecía un matiz, más bien una gradación ascendente, en torno a la importancia de las personas, entre los calificativos necesario e imprescindible, de la misma manera que este segundo adjetivo le cuadraría mejor a la obra de Á.Valverde.

Tampoco sé por qué tengo al autor por hombre de natural sedentario –quizás porque una vez citaba a Wislawa Szymborska: “no me gusta viajar, pero me gusta volver”-, cuando su poesía surgida del viaje alza topografías de primer orden, como sucede en la plaquette publicada en Ultramar ‘Lugares del otoño’, luego incorporada como sección en ‘Desde fuera’, libro editado dentro de los ‘Nuevos textos sagrados’ de Tusquets. Tengo también presente, en contra de mi barrunto, las prosas ‘Lejos de aquí’ que incluyen una incursión sin pica por Flandes, origen seguramente de los poemas situados en Brujas, Bruselas, Rotterdam y Deventer e incluidos en la mencionada plaquette, una visita a Lucerna o, por quedarnos más cerca, un encuentro en un jardín luego fijado, sublimado en verso, en Morille o una ruta a través de la Vía de la Plata con parada en Alconétar y la plaza “metafísica” de Garrovillas, “una de las más hermosas del mundo”, que también tienen su poema en ‘Desde fuera’, me atrevería a decir que uno de sus poemarios esenciales, uno de los poemarios esenciales de la poesía patria de los últimos años.

Precisamente en los apuntes viajeros de ‘Lejos de aquí’ hay unas palabras muy sentidas sobre Plasencia, que se titulan ‘Recinto murado’ y que me llevan, claro, a ‘Las murallas del mundo’, su debut novelístico. En una especie de poética escrita con motivo de su presencia en la Fundación Juan March, Á. Valverde declaraba, con una suave ironía en el inciso, lejos del horror de la posguerra: “Siempre he vivido en Plasencia, una vieja ciudad monumental de más de 40.000 habitantes (según las últimas estadísticas), con todos los problemas de tráfico, ruidos, suciedad, inseguridad, etc. que eso lleva aparejado. Sin embargo, nunca he dejado de vivir también en contacto casi diario con la naturaleza”. Volviendo a ‘Recinto murado’, se preguntaba de partida “cómo mirar con otros ojos lo que uno ha visto tantas veces” y sospecho que esta es la rara extrañeza, si cabe tal redundancia, acaso paradoja, que le ha acometido al abordar cada uno de los poemas que componen ‘plasencias’, libro que con la I mayúscula pasa a engrosar el índice alfabético de la colección ‘Luna de poniente’ de la editorial emeritense De la luna.

Confesaba igualmente allí el poeta que “algo de ese agobiante entorno amurallado” seguramente habrá ido modelando su carácter y aun su personalidad –y cómo no recordar, entonces, el metafórico ‘Murallas’ de Kavafis- y que al cabo de tanto tiempo el lugar de residencia, que le gusta sobre todo dorado y crepuscular, despierta, como es lógico, una mezcla de amor y odio, a partir de las huellas que el recuerdo va fraguando por sus calles, tantas veces fatigadas como caminante interior. Pues bien, este esbozo interpretativo sobre la relación con su levítica ciudad de origen, en la que casi siempre ha vivido, se desarrolla líricamente, con morosa y amorosa delectación, en estas ‘plasencias’, con tintes morandianos desde su obertura.

El libro se inicia con ‘Memoria de Plasencia’, publicado hace ya veinte años en ‘A debida distancia’ y dedicado al prematuramente fallecido José Antonio Gabriel y Galán y, a continuación, formando ambos un pórtico, casi una poética del libro, viene el breve ‘Ciudad’, de evidentes ecos kavafianos. A partir de ahí, Valverde ha delineado con minuciosidad autobiográfica su geografía íntima, su lugar en el mundo. Y aunque trate de evitar la nostalgia, ésta tal vez sólo pueda curarse mediante la melancolía, y de ahí que no falte lo elegíaco, “los estragos del tiempo”, pese a dirigirse hacia lo hímnico.

El poeta ha sido, al cabo, un prisionero feliz entre los límites de su mundo y de ello, con una tristeza alegre, nos da buena cuenta. Rescata la encina tutelar que le enseñó su padre y domina la pequeña ciudad de origen medieval, los baños adolescentes junto al río, un olmo con aire machadiano que enfermó de grafiosis y fue talado, los iniciáticos cines de barrio, su casa natal ahora en venta o el balcón del de su abuela, las laberínticas caminatas en torno a placetuelas, el Jerte que ciñe el núcleo urbano, su isla, los extrarradios. En el centro, se incluye un callejero urbano, fechado desde 1966 hasta 2012, en el que habitan todas sus edades y las casas donde ha transcurrido su vida. No olvida, asimismo, registrar una visión de conjunto de la topografía de la ciudad y una semblanza del carácter de sus moradores, ni elegir su rincón favorito, que ya había anunciado en la citada prosa de ‘Lejos de aquí’. Y todo ello con su original estilo, con su habitual dicción que progresivamente ha ido despojándose del artificio y alcanzando una claridad difícil, de un decir preciso y transparente, hondo.

Fermín Herrero