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CONTENIENDO EL ALIENTO, por Angélica Tanarro

CONTENIENDO EL ALIENTO

Por Angélica Tanarro

Sí. Conviene contener el aliento para contemplar las obras de Casilda García Archilla. Porque cualquier exhalación más alta que otra puede ser un terremoto sobre la fragilidad de las fibras. Sobre la inestabilidad aparente de la escritura. Hay, sí, que contener el aliento y el prejuicio de lo sabido, de lo esperado, de lo ya visto. Ponerse delante de la originalidad sin ruido. Y dejarse llevar por los hilos que nos tiende esta mujer de apariencia frágil como sus obras, pero que desprende al tiempo una coherencia casi sobrehumana. Ella que ha construido con su obra toda una teoría sobre la levedad.

Habría mucho que comentar acerca de lo que expone la sala del Teatro Calderón, esos ‘dibujos más o menos pequeños (y otras hierbas)’, desde la disposición misma de las piezas, el montaje tan alejado de pretenciosidades y/o oscuridades conceptuales. La sencillez de los papeles apenas apegados a la pared que, como si fuera un juego o una pequeña broma con el espectador, amenazan con caer justo del lado equivocado sobre el suelo.

Lo primero son juguetes. Todo artista lleva de la mano al niño que no ha querido dejar de ser. Me vienen a la cabeza los ‘toys’ de Esteban Vicente, aunque ni conceptual ni formalmente se parezcan, porque en ellos subyace la idea del juego, la belleza de la simplicidad. Pero sobre todo pienso en los ‘objetos hallados’ de Ángel Ferrant, porque en ellos también habla la Naturaleza con un lenguaje cómplice muy similar al de estas obras que abren la muestra.

Naturaleza: si hubiera que construir el diccionario de Casilda García, este sería un término principal. Y la consabida frase ‘La Naturaleza imita al arte’ un lema de su trabajo. Nadie como ella ha sabido entender el lenguaje de los signos naturales, el mensaje de las pequeñas retículas vegetales que se desprenden de un árbol y sucumben a las pisadas inadvertidas. Sin ser naturalista ni conocer la composición química de los elementos. De la misma manera que puede agujerear una hoja o reconstruir su ‘sistema nervioso’, imitarlo con un lápiz, ahondar en sus secretos, puede jugar a ser ave y fabricar su propio nido.

Caja de los hilos: Hasta las mujeres de su generación más o menos, las niñas estaban abocadas a la costura. Porque en el futuro deberían recomponían o construir no solo la vestimenta de la familia. Las madres de familia también han ‘cosido’ las heridas no visibles en las rodillas de la familia. Algunas artistas ‘reciclaron’ este aprendizaje para hablar del mundo y de ellas mismas. Cuando veo las ‘costuras’ de Casilda me acuerdo de las telas de araña de Louise Bourgeois y de las labores de Elena del Rivero.

Aunque también los hilos pueden construir laberintos defensivos. Barreras casi invisibles pero impenetrables para los individuos no deseados, como en aquel capítulo de ‘Rayuela’. Un cortazariano ‘Prohibido el paso si no se es un cronopio’ parece desprenderse de esta exposición, aunque el aviso esté escrito en ese lenguaje solo aparentemente ininteligible que ella usa.

 

Ironía: El sentido del humor que raya en la ironía es privilegio de mentes despiertas. ‘Carta de alguien que me escribe… en japonés inexacto’, se titula una de las obras expuestas. La artista es consciente de que los mismos elementos que sirven para comunicarnos pueden servir para la incomunicación más absoluta. A menudo lo hacen. Y el ruido entonces resulta ensordecedor.

Silencio: Puede parecer un contrasentido entre tanta abigarrada escritura pero no lo es. Silencio en el manejo del blanco, o sea, del vacío. Delicadeza oriental en la disposición de las sombras.

Ana Hatherly: La obra de Casilda García ha tenido siempre una vinculación no oculta con la poesía. Y puesto que la vida es un juego de afinidades, en algún momento las líneas que componen su alucinada escritura tendrían que encontrarse con los versos de Ana Hatherly, escritora, profesora y artista portuguesa. ‘Una conversación con Ana Hatherly’  es un libro en el que la vallisoletana se suma a la corriente creadora de la autora de ‘463 Tisanas’, la interpela y la sigue, la pregunta y la contesta.

Aparte del libro, toda la obra expuesta es un intento de conversación con el espectador. Planteada con la minuciosidad de una monja amanuense.