dibujo carlos

  I

Hace tiempo que hablo-

La voz se me ha hecho

varias veces trizas

tras el color tardío

de las figuras.

 

De la orilla del río

cogí el verso

y lo leo despacio,

 

saboreé el sonido

y aun me sabe su aroma

a las notas del alba.

Tras él, la piedra

de locura, de la noche.

Como en la dejada soledad

de la torre de un carpintero

-sin manos ni piano

que abrazaran-.

 

Recuerdo de esa noche

el verso airado,

el júbilo y la misma pasión

de trágicos griegos,

con todas sus vidas,

su vino y su pan,

que compartimos.

La sinrazón nunca descansa.

 

Así supe de aquellas lejanías

tan cercanas del otro mundo

(hermano que nos cerca).

 

Reconocí, en el paisaje sin límites

las huellas de mi propia sangre.

Sin embargo no estaba desnudo,

y el coro brillaba pálido.

 

Me acerqué más,

me hundí en el mar hasta las cejas.

Digerí lentamente su espacio

y todo el tiempo, como un animal

que viviera dentro del aire.

 

No habrá sombra que oculte aquella luz

y sin embargo la siento lejos,

luminosamente afectada.

 

Cerré la puerta y esperé

pero todos ya me conocían.

Quise cambiar de aspecto

y no supe siquiera qué era aspecto

ni hacia dónde se iba.

 

Como la puerta, los ojos

se volvieron ciegos y la voz

calló, dejándose mecer

por ramas de lo humano.

 

La misma vida me dolía

en el silencio: el cuerpo

extenuado, seco

de tanta ansia, como cáscara

de negra nuez vacía.

Todo amargo jengibre

raramente devorado.

 

Y ese sabor, y aquel sonido

que la época nos trajo

dejaron caer sus cadenas

sobre la sombra de un lienzo

que se olvidaba de sí

en su estúpido caballete.

 

Busqué sobre las calles el poema

y solo oía voces desatadas como puños.

Grité alto a las calles,

grité a la misma vida

que pretendía abandonarnos.

 

 

 

II

 

Ahora

la sensación varía

como del día a la noche.

 

Soy más consciente

de la enfermedad del arte

y en la conciencia

encierro la píldora.

 

No es sin embargo fácil.

Se cae a veces de mis manos

mezclada en el balde con las otras

y tomo entonces cualquier

derivado de la anfetamina

que me sacie.

 

El problema viene después:

la confusión se nombra orden

y no encuentro a la amada

por más que la busque con mis hombros.

He llegado incluso a tantear

las venas abiertas

mientras la peluquera corría

escaleras arriba (gritando

desesperada).

 

Por cada página que he escrito

he leído ciento y he vivido diez.

 

Ya no me callo.

 

Todas las migas de esta mesa

se han reunido para hacer mi pan,

todas las migas recogidas una a una

en un camino de tierra y espejismos

que confluyen en la misma dirección.

 

Cuando mato mi sueño

más lucho por él,

cuando callo hablo,

callado, aprendo a hablar.

 

 

(Poema del libro inédito Cuaderno del ahorcado, 2013.)