Hotel (de Paola Cadena Pardo) o la arriesgada aventura de vivir en la palabra*

Javier Blasco

Paola-Cadena-Pardo

No es la primera vez que una revista española da acogida a los versos de Paola Cadena Pardo. Antes, de la mano de Benjamín Prado, vieron la luz algunos poemas suyos en  Cuadernos Hispanoamericanos. Sin embargo, sí que es esta la primera vez en la que una publicación dedica un espacio a Hotel (2008), “opera prima” de la autora, joven poeta nacida a la literatura -y a la vida- en Bogotá. Hotel es, como digo, su primer título impreso, a pesar de lo cual se trata de un producto  maduro y completamente logrado, que atrapa al lector en los barrotes de sus versos y en las pesadillas de sus imágenes, transformando a todo aquel que recorre sus páginas en fatal naufrago, sin añoranza de retorno y olvidadizo de su casa.

Con la única ayuda de la palabra (palabra de una riqueza imaginativa sorprendente, natural, sin rémoras culturistas), Paola Cadena pone en pie un texto en cuyos rincones anida el misterio, la intimidad, la magia; un espacio que por una cara es metáfora de la vida (sorprendiéndonos a cada paso con el recuerdo de los viajeros que nos precedieron y con el presentimiento de los que vendrán tras nosotros) y que, por otra, es la imagen metonímica de la  literatura, haciendo hablar a esa cadena de sentimientos que, como un chispazo eléctrico, se hace visible cuando los seres se rozan y brota mágica y milagrosa la palabra. Al final de los pasillos de este Hotel  todos los letreros de “EXIT” han sido reemplazados por otros en los que se lee “TODOS VIVIREMOS EN UN LIBRO”, letreros que unas veces significan esperanza y, las más, sugieren la pesadilla.

Contemplada desde el espacio textual que Hotel ilumina, la vida pone al descubierto una profundidad metafísica, desde la que se predica la transitoriedad del ser, la provisionalidad de todo lo existente, la soledad radical de nuestro estar en la vida, junto a  la magia existencial y promisoria de cada uno de los fragmentos de tiempo y espacio que habitamos.  Hotel nos convierte en viajeros, conjurando la realidad para que sorprenda nuestros ojos y nos transforme, a nosotros los lectores, en habitantes encantados de una realidad extrañada, en virtud sólo de la magia de un verbo capaz de poner en pie imágenes iluminadoras y agresivamente originales. En Hotel hay una búsqueda desasosegada de mapas para orientarse en el territorio inexplorado de la vida, pero también hay una lucha sin cuartel con las palabras, ángeles perversos o demonios encantadores, que amenazan y seducen desde cada uno de los rincones de este Hotel. Los pasillos que conducen al futuro tienen las luces apagadas y son como “bolsas de arcilla” que sólo pueden ser moldeadas si las humedece el llanto; a los viajeros cuyos “sueños arrastran al pasado” se les reservan habitaciones subterráneas en las que “las camas tendrán formas de féretros”.  Y es que, aunque a veces lo queramos olvidar,  ¡“es tanta la muerte que tiene la vida”!

Hotel es un tratado completo de metafísica (de ética y de estética) construido con el barro de la vida y elaborado en imágenes profundamente verdaderas y originales (quizás, originales por verdaderas): “mi cuarto es ese espacio de metros mordisqueados / por los animales que rondan mis horas insolutas” (p. 20).  Sencilla resulta la tarea de espigar, a modo de ejemplo de tal metafísica, una verdadera antología de imágenes y de ideas (de resonancia personal, pero también social) que, sin traicionar la belleza esencial de los versos en que se vierten, bien podrían formularse en forma aforística:

  • El tiempo nos moja todo el día y no tenemos paraguas (p. 14).
  • Caminamos ciegos con la luz en la mano (p. 14).
  • La tumba es un hueco en el alma (p. 15).
  • Los versos se aparean y multiplican en las manos del hombre (p. 16).
  • Vivir sin sobresaltos es estar algo muerto (p. 20).
  • Mañana sabremos que es tiempo de llorar en letras por la palabra misma que ya no nace (p. 26).
  • Nacer, crecer reproducirse y morir. Repita este movimiento continuamente hasta ascender al cielo (p. 28).
  • [Es la vida] este barco que nos hace vomitar con tanto movimiento (p. 33).
  • Hablo mientras duermo para que la mente se calle (p. 34).
  • ¿Cómo le enseño a volar a este pájaro mutilado? ¿Cómo le digo que el cielo no existe? ¿Qué duerma en mi pecho y sueñe con nubes? (p. 41).
  • En otros tiempos las aves volaban. Ahora parezco una gallina picoteando recuerdos, sin levantar la cabeza ni mirar hacia el cielo (p. 41).
  • No dejes que el miedo se derrame en tu ropa. Es una mancha difícil de lavar (p. 42).
  • el primer día es un nacimiento; el resto resurrección. ¿Cuántas veces hemos resucitado? (p. 51).
  • No juzguemos al demente…  Él nos mira y se marcha. Sabe que no existimos (p. 64).
  • Cada hombre es un hotel de paso… Todo hombre tiene un bar en su garganta y un corredor largo y oscuro desde el alma hasta la razón (p. 65).
  • Un día el hombre muere y entonces llegan los gusanos, comen y beben, y luego se marchan sin pagar la cuenta (p. 65).

 

Mientras habitamos el Hotel al que Paola Cadena nos invita, somos viajeros, sabemos que estamos en tránsito, y que nos arriesgamos a no querer regresar. Porque este libro habla de nosotros y enseguida descubrimos que todos somos ese huésped de la seiscientos cuatro que “quiere tocar uvas y almas” (p. 74) y que todos sentiremos a flor de piel la tentación que Paola Cadena formula así:

Esta es la última habitación

y el papel está en blanco

si desea puede quedarse aquí

y descubrir que no hay mañana

que el cielo se parece a un poema

y que Dios no es un buen escritor… (p. 77).

En cualquiera de los casos, si renunciamos a la invitación y el regreso se produce, tras pasear por el patio del Hotel, recorrer sus pasillos, calmar  nuestra sed en la barra de su bar, descubriremos que ya no somos los mismos que hicimos la reserva y que ocupamos, por ejemplo, la “Habitación 302”, que alojó en el pasado a Pessoa.

Cantos de sirena nos llegan de cada uno de los rincones de este Hotel, de cada una de las paginas de este poemario, y nos cautivan para que nos quedemos en él, porque nunca antes habíamos visto la realidad a la luz de este Hotel, tan diferente a esa otra luz estudiada, artificial, y tranquilizadora, que se enciende con una moneda y que disfraza las cosas para que nos perdamos (me refiero a esa luz de falsa y hueca retórica, propiciadora del histrionismo vacuo de tanto poeta oficial laureado). La luz de Hotel desnuda el mundo y desnuda al lector colocándolo ante una experiencia radical, que le obliga a poner en duda la verdad de todas las imágenes que sobre la realidad le legaron o que él mismo se fue fabricando a lo largo de su existencia para consolarse y para así reconocerse en el magma de la mediocridad que hemos convertido en nuestra casa. En cada una de las habitaciones de este Hotel, construidas sólo de palabras, habita (aventura doble) la sorpresa verbal y la iluminación inquietante. El tiempo mismo agita su péndulo del vacío a la nada: “Los relojes ya no cantan y parecen curas ciegos / repitiendo un sermón que ellos mismos no entienden / cuidando de que anda deje de ser como es / como si las cosas estuvieran bien a pesar de los truenos” (p. 20). Las llaves de la “Suite desolación” (p. 17), por ejemplo, siempre están en recepción, listas “por si otra mujer necesita tu nombre”. Quien se atreva a hacer una reserva en este mundo de palabras se arriesga descubrir que, mas allá de los limites de este Hotel no hay viaje posible, pues si alguna vez llegamos a creer que “el cielo se parece a un poema”, pronto descubrimos -trascendental hallazgo, para unos; oportuno recordatorio, para otros- que “Dios no es un buen escritor” y que nuestros semejantes, con los que compartimos residencia, no son sino “hombres que, apuñalados por los años, descubren sus demonios” (p. 18).

Frente a todo ello, el único espacio para la esperanza reside en la palabra. En esencia Hotel pone letra a una desarrollada meditación sobre la poesía y sobre al escritura. En el fondo todo el libro es esencialmente metapoético. Lo que sucede es que dicha meditación siempre arranca de la vida y siempre regresa a ella. Por eso, en mi lectura doy preeminencia al arraigo metafísico de estos versos. Quienes se alojan en este Hotel saben

que la poesía alimenta el cuerpo

y que además

sin costos adicionales

teje alas para el alma (p. 46).

Por eso, en la “Habitación 502”,  los papeles en blanco gritan:

que no me dejen morir sin el llanto de las letras

que por lo menos escriban poesía

para convertirme en cementerio

y albergar en mis tumbas

el alma de los locos (p. 35).

Sólo la palabra podrá salvarnos del desastre: frente al diluvio que viene sólo cabe una receta: “Escribir un poema con el que invitar a Dios a entrar en la futura arca” (p. 16), aunque “mañana sabremos que la poesía no existe” (p. 26) y entonces descubriremos que estamos solos, radical y metafísicamente solos con nuestros sueños. Por eso Hotel nos invita a “ascender  a la guardilla de nuestros sueños” y a “dejar el cielo para más tarde” (p. 28).

Más allá de los oportunos recuerdos de estos versos a Pessoa, a Jaime Sabines, a Cortázar o a Nicanor Parra, si este libro no se llamase, tan acertadamente, Hotel (metáfora brillante, a la vez, de la vida y de la escritura), hubiera debido llamarse, en homenaje a otra palabra joven y brillante, Iluminaciones, o quizá -como gesto cómplice a otro escritor inaugural- Nuevas Habitaciones. A veces, los dioses se conjuran para perdernos o para que nos descubramos (en ocasiones, una y otra cosa son lo mismo), y producen el milagro de una palabra adánica que nos dice sin rodeos, a riesgo de matarnos, que el mundo que habitamos es muy viejo y esta muy gastado, y que todas las creencias  heredadas  (que nunca son inocentes) están construidas sobre el vacío. A veces hay palabras que nos obligan a reconocer que, si hay mañana, no se parecerá  (no podrá parecerse) al ayer. Un siglo después, la lucidez de Iluminaciones halla respuesta en la lucidez de este Hotel, que nos avisa: “si desea puede quedarse aquí / y descubrir que no hay mañana”.

Hotel es, en cuanto espacio textual, fatalmente atractivo, pero la magia de sus palabras velan y a la vez re-velan el absurdo de ese viaje que es la vida; viaje que a veces se nos presenta como aventura metafísica (en todo caso, aventura llena de riesgos y en absoluto tranquilizadora) y que, quizá, solo puede afrontarse con el pertrecho de la palabra.

 

* La palabras que siguen no responden a otra pretensión que a la de servir de presentación a la Palabra, en mayúsculas por su brillantez, que ponen en pie los poemas de Paola Cadena. Todas las páginas citadas en mi texto remiten a la edición de Hotel (Bogotá, Ulrika Editores, 2008).

 

 

 

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Revista Subverso
Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
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