M76CARRASCO_1 (Copiar)--644x362INTEMPERIE: LA OSTENTACIÓN DEL IDIOLECTO

 

Jesús Carrasco, Intemperie, Barcelona, Seix-Barral, 2013, 221 págs.

 

En ocasiones encontramos en el mundo literario fenómenos editoriales que aparecen como objetos voladores no identificados, arribistas del espacio sideral —directos al estrellato—, que a pesar de su asentado realismo estético parecen más bien fenómenos paranormales: crítica de público y crítica; queda claro, su reino no es de este mundo. Hablamos del debut de Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), con la publicación de su primera novela, Intemperie, y del éxito fulgurante que ésta obtuvo en la pasada feria de Fráncfort, donde sin estar aún editada en España consiguió contratos para su publicación en trece países.

El asombro no viene solo por el interés que un autor desconocido ha generado con su ópera prima en un mercado editorial donde parece que los libros son solo merchandising de los autores (el círculo del arte: ¿el autor vale por sus obras de arte o la obra de arte vale por su autor?) y donde el risk es solo un juego de estrategia (pero de mesa), sino porque Intemperie juega la baza de la intemporalidad pero sienta sus bases en la riqueza de su vocabulario, en la profusión de nombres, sobre todo del ámbito rural y de recuperada e innegable sonoridad, que son los aperos con los que Jesús Carrasco trabaja y los que hacen que su narración esté enraizada en un eje espacio-temporal muy concreto. Vemos venir, por tanto, traducciones a golpe de diccionario, obras que sonarán muy diferentes en cada país, aunque en todos ellos sus lectores piensen in illo tempore, como si las palabras también fueran atemporales, esenciales, naturales respecto a lo que designan, como si siguiéramos creyendo en el Crátilo de Platón. Apostarse en la intemperie y promulgar la desnudez y la austeridad narrativas no casan bien con cubrirse de significantes, con guarnecerse en la riqueza léxica. ¿Somos parcos o somos preciosistas?

En contraste con la prodigalidad de detalles nombrados —qué poco condenable es caer en la tentación de nombrar, poderosa arma de creación— encontramos la ausencia absoluta de nombres propios, que se nos niegan de forma significativa. «Le hubiera gustado conocer el nombre del viejo», nos dice el narrador casi al final del relato. «El niño» huido de su casa, tan indefenso e inocente, «el alguacil» brutal perseguidor, «el viejo pastor», noble y pundonoroso, dispuesto en su rectitud a ayudar al chico. Todos ellos en «el llano» (el llano en llamas, podremos llamarlo más adelante), infernal, inhabitable, desértico. La ausencia de nombres propios deshumaniza con destreza la historia, y señala, llegado el momento, lo cruento de los hechos transcurridos. En lo que no nombra, en aquello que es conscientemente ambiguo y de abierta interpretación (el motivo de la huida que desencadena la historia, por ejemplo) es donde más se halla el acierto, pues la sugestión amplía nuestra capacidad imaginativa, y el tabú sacraliza lo ausente, lo subraya. Aquello que construye sin nombrarlo cobra potencia mítica, se universaliza; de la presencia silente y la libertad interpretativa que nos da el autor para establecer vínculos y relaciones creamos los símbolos.

En el momento en que la sutilidad para sugerir se convierte en detallismo para mostrar en precisas descripciones la escabrosidad de los hechos la trama regresa de lo universal a lo local. Se agradece que haya acción en una diégesis lenta y fundamentalmente descriptiva, pero —y esto lo decían ya los antiguos—, hay ciertas cosas que es mejor no mostrar ante nuestros ojos en primer plano, sino que pasen fuera de escena, para que sean más efectivas. No hablamos de negar lo descarnado, que es parte fundamental de Intemperie y su concepto, solo de no poner la sangre al microscopio para que los árboles no eviten que veamos el bosque, de no caer en la “pornografía descriptiva”.

Mientras la crítica apunta a Delibes y a Cormac McCarthy miramos hacia el páramo y no vemos la fuente, pero —eso sí— sentimos mucha sed. Y tener sed de más con una primera novela rural, de arquetipos morales, de lazarillos y demonios, de símbolos y desiertos con extraña densidad de western no es un mal comienzo. Ojalá el pozo no se seque ni el agua (poco corriente) de Jesús Carrasco se estanque.

 

 

 

 

 

Para la sección de Reseñas, puedes enviarnos tu libro a:  

Revista Subverso
Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
Facultad de Filosofía y Letras (Campus Miguel Delibes)
47011 Valladolid (España)