4 Mi mujer II

Tampoco se debe reivindicar a Lucía Sánchez Saornil[1], obrerilla de telefónica que no se codeó más que con sus iguales, que ocultaba sus veleidades literarias con el seudónimo de Luciano de San-Saor y cuando los escritores salían a mostrar su extravagancia por la noche madrileña ella se iba a acostar para poder fichar a su hora. Ultraista de la revista Los Quijotes, militante de la CNT desde 1931, afiliada junto a sus compañeros de telefónica por convicción, fundadora en 1936, junto con Amparo Poch[2] y Mercedes Comaposada[3], de Mujeres Libres, sección feminista del movimiento libertario. Su compromiso es sincero, durante la guerra no se limita a vocear como tantos otros, mientras revientan frutos de fuego maduros de vieja saña[4], ella se mantiene en su puesto; como miembro del Consejo General de Solidaridad Internacional Antifascista se dedica a recoger en Europa las ayudas urgentes para la población civil, suministros sanitarios y material para las guarderías infantiles. En primera línea de la lucha antifascista, mientras otros van buscando acomodo lejos del engorroso trabajo de campo, conoce a América Barroso[5], compañera hasta el final. ¿Lucía era lesbiana? ¡No!

Era una mujer libre que en libertad amó, sin necesidad de dar explicaciones a nadie. En la filosofía libertaria no existe la homosexualidad, nadie tiene que dar explicaciones sobre los actos privados; la primera cadena que se rompe es la confesión, a través de la cual el totalitario llega hasta el rincón más íntimo. ¿Qué hacían Lucía y América en la intimidad de su habitación?… ¡A quién le importa! Ellas no eran culpables de ninguna culpa inventada para hacer sufrir, su república no era cambiar un trapito de colores por otro, su lucha era para construir eutopía[6]. Ninguno de los que siguen aferrados al absoluto del bien y del mal, los que necesitan llevar visible su ideología y sus preferencias sexuales, la reconocerán su labor callada.

El tercero en discordia de los no reivindicados lo situamos en el lado opuesto del tablero; bestia negra para uno, traidor a su clase para otros. En la España de trabuco y pandereta nadie entiende el liberalismo, unos y otros se agarran a lo más obvio, el humor inteligente es un insulto para aquellos que únicamente ríen cuando han humillado a otro. Wenceslao Fernández Flórez[7] ha logrado ser ignorado por ambos lados, su humor no fue aceptado por los dueños de la verdad porque nunca iba contra los de enfrente, aunque el público aceptó de buen grado su literatura. “Volvoreta”[8] ha sido uno de los grandes éxitos de la narrativa en español e incluso la adaptación de “El bosque animado” fue un gran éxito a finales de los ochenta… Aunque la inquina que se le tiene todavía al autor evitase cualquier forma de reconocimiento a su obra. Prolífico novelista y articulista de fondo, sus reflexiones sobre la sociedad que le tocó vivir son certeras y siempre terminan dejando una sonrisa como conclusión; lo que hace más incomprensible la persecución a la que se vio sometido en Madrid en los primeros días de la guerra. Gracias a Julián Zugazagoitia[9] logra salir de España pero el miedo y la amargura de esos momentos los refleja en su obra, algo que no le perdonan los revolucionarios de insignia y bandera. Después de la guerra sigue escribiendo con la misma libertad que antes del conflicto y la nueva diana de su humor es esa clase enriquecida que no es ni conservadora ni liberal. Un hombre de orden y cultura como él no puede soportar el matonismo fascista que se va imponiendo; alguien debió explicar a los nuevos gerifaltes que se estaba burlando de ellos unos de los novelistas intocables por su pasado heroico y rápidamente pasó de los “nuestros” a ser claramente de los “otros”. Es impensable que Eugenio d’Ors[10], Dionisio Ridruejo[11] o Pancho Cossio[12], miembros del régimen, maniobrasen contra él, pero la falange culta estaba siendo arrinconada rápidamente, la corrupción y la iniquidad del que llega sin merecerlo se había enseñoreado del país arrasado. Silencio y olvido una vez más.

 

[1] Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), poeta ultraísta y activista libertaria. Su sinceridad y coherencia la mantiene apartada de los panteones revolucionarios.

[2] Amparo Poch y Gascón (1902-1968), médico y activista libertaria. Su paso por la facultad de medicina se saldó con 28 matrículas de honor y el desprecio de sus compañeros y profesores que tenían miedo a la mujer sabia, como bien describió en sus breves incursiones literarias.

[3] Mercedes Comaposada Guillén (1901-1994), pedagoga autodidacta y militante libertaria. Es la inspiradora de la idea Mujeres libres.

[4] Versos del poema ¡Madrid, Madrid, mi Madrid!…, publicado por Lucía Sánchez en la revista Umbral el 16 de noviembre de 1937.

[5] América Barroso (1909-1977) compañera de Lucia Sánchez, no he encontrado más referencias sobre ella.

[6] Buen lugar. Uno de los términos que utilizó Tomás Moro para construir el neologismo Utopía.

[7] Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964) escritor y periodista. El humor inteligente marcó su obra.

[8] Novela naturalista publicada en 1917, aunque sufrió modificaciones hasta su versión definitiva en 1945.

[9] Julián Zugazagoitia Mendieta (1899-1940), político socialista del ala moderada. Tuvo también una carrera literaria como novelista y articulista. Al terminar la guerra se exilia en Francia donde es capturado por las tropas de ocupación alemanas y entregado al régimen del general Franco, donde es juzgado por un tribunal militar y ejecutado.

[10] Eugenio d’Ors Rovira (1881-1954), escritor, periodista y gestor cultural. Aprovechó su buena situación con los vencedores de la guerra de 1936-1939, para hacer una buena gestión cultural. Fue prácticamente la única referencia de calidad en esos sombríos momentos.

[11] Dionisio Ridruejo Jiménez (1912-1975), político y escritor. Fundador de Falange, voluntario en la División Azul, crítico con la deriva absurda y descabellada de los gobiernos del general Franco, preso de la dictadura, fundador de la socialdemocracia española.

[12] Francisco Gutiérrez Cossío (1894-1970), pintor, miembro de las J.O.N.S, fascista convencido que no entró en componendas con los vencedores de la guerra.